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04/07/2023

Freak Show: Capítulo 3

Capítulo 3

Escena

A la mañana siguiente no fui al taller como de costumbre, sino al circo, equipada con mis herramientas.

—Buenos días, soy Saray, la mecánica —grité al llegar, puesto que parecía desierto.

Nadie contestó, así que seguí adentrándome en el circo, por la noche el ambiente era morboso y parecía ser el mismísimo infierno, pero de día el lugar tenía un aspecto triste y tétrico.

—He pedido un mecánico, no una niña —me giré hacia el pedazo de gilipollas que había dicho eso, y resultó ser el hombre más grande del mundo, un señor de barba y cabello castaños y frondosos y más de dos metros de puro músculo.

—Bueno, lo lamento mucho, pero esta niña va a ser el único mecánico que va a aceptar vuestro dinero —dije mirándole directamente a los ojos, eran marrones al igual que los míos, debía aprender a pensar antes de hablar cuanto antes, y a ser menos borde y desagradable, como solía repetirme mi jefe.

—¿Puedes al menos levantar una rueda para cambiarla? —preguntó, no parecía demasiado enfadado con mi respuesta, pero con su altura intimidaba un poco.

—Eso puedes hacerlo tú, yo he venido para arreglar las cosas que necesitan un mínimo de estudio —no pensaba dejarme boicotear por un barbudo por muy alto que fuera.

—Papá, esta chica ha venido a trabajar, ¿y si dejas de molestarla? —una joven de mi edad, casi tan alta como el señor apareció a sus espaldas, era la mujer de cuatro brazos, su cabello era largo y castaño—. Disculpa a mi padre, a veces es un poco idiota.

El señor simplemente refunfuñó.

—Es igual, me gustaría empezar ya a trabajar, ¿es posible? —dije con voz ruda, odiaba perder el tiempo.

Asintió avergonzada y me guió hasta la zona de transportes y caravanas, el idiota barbudo me comentó algunos de los problemas principales y yo empecé a trabajar. No le hice ningún caso a mi alrededor, a pesar de que sabía que todos los del circo me miraban sorprendidos, sobre todo los que ya me conocían; debería haberlos saludado al menos, pero para mí el trabajo era la primera prioridad en mi vida, hacía años que lo era.

Cuando estaba debajo de un vehículo o revisando un capó el tiempo se me pasaba volando, por lo que me llevé un buen susto cuando llegó la hora del almuerzo.

—Saray, ¿no sería buena idea parar un momento para comer algo y beber agua? Hace mucho calor y es peligroso —la voz de Sofía casi me provocó un infarto y me hizo salir de debajo del vehículo en el que estaba trabajando.

—Sí, gracias —me limpié la grasa en los pantalones, los cuales habían perdido su color blanco hacía bastante.

Me comí en pocos mordiscos el bocadillo que me estaba ofreciendo y bebí agua con placer, no me había dado cuenta de lo sedienta que estaba.

—Joder, muchas gracias, si es por mí me dejo morir debajo de uno de estos trastos —bromeé, aunque mi tono fuera algo serio.

—No hay de qué, me ha sorprendido mucho verte aquí, pero me alegra que seas tú quien haya aceptado el trabajo.

Hice un amago de sonrisa un poco extraño.

—Entonces tú sí que eres la chica que pateó a aquellos idiotas —exclamó la mujer de cuatro brazos corriendo hacia nosotras.

—Sí, ella es nuestra heroína —confirmó la mujer palo que también se había acercado.

—Eres genial, me llamo Ruth, por cierto —esa chica a pesar de su gran tamaño y de sus cuatro brazos musculosos tenía la personalidad de un perrito, casi podía imaginarla moviendo la cola.

—Encantada, Ruth —debía ser amable con ellos, porque eran buenas personas, iba a ser todo un reto para mí.

De repente se emocionó mucho y levantó sus cuatro manos, di un salto y choqué las dos de arriba, luego las dos de abajo, esperaba sentir una sensación extraña, pero eran manos normales y corrientes.

Me miró encantada, con una sonrisa de oreja a oreja. Yo solté un bufido extraño, bastante similar a una risa.

—Bueno, debo seguir trabajando —dije sin más dilación.

Hasta pasado el mediodía no me permití parar, y cuando lo hice fue para marcharme a mi casa a comer y a prepararme para la tercera noche en el circo de los horrores.

—¿Ya te vas? ¿No te gustaría quedarte a comer? —preguntó Sofía con una sonrisa amable mientras me veía marchar.

—No, gracias, ya nos veremos esta noche —la respuesta salió más borde de lo que Sofía se merecía, pero durante la mañana había recibido miradas antipáticas por parte de la mayoría de engendros, no me apetecía comer rodeada de ellos.

……………………………..

Mientras comía sola en mi casa, tuve tiempo para buscar una forma de entretenerme durante la noche, y llegué a la conclusión de que lo mejor sería hacerle compañía a Sofía.

Así que en cuanto llegué al circo seguí mi trayectoria habitual hacia el puestecito de comida.

—Buenas noches, Sofía, ¿me pones lo de siempre? —pregunté nada más llegar.

La mujer barbuda parecía triste, pero sonrió al verme.

—Buenas noches, Saray, enseguida te sirvo, corazón.

Me quedé pensando sobre cómo me sentía respecto a que me llamase corazón, y terminé por aceptar que era agradable.

—Aquí lo tienes.

Le agradecí mientras pagaba, y estaba a punto de preguntarle sobre su estado de ánimo cuando vi una cabellera larga y pelirroja que sabía que pertenecía a la niña tigre. Estaba detrás de Sofía, sentada con la cabeza apoyada sobre sus rodillas mientras sus hombros temblaban con cada sollozo.

Sofía enseguida vio hacia dónde se dirigía mi mirada así que me adelanté a que pudiera decirme nada.

—¿Por qué lloras? —intenté suavizar mi tono al máximo, era de los pocos que no me había mirado mal durante la mañana, incluso me había ofrecido agua en varias ocasiones, además, solo era una niña de aproximadamente doce años a pesar de las largas cicatrices que cubrían su piel y las hacían tener su apodo.

La mujer me miró sorprendida, y me dolió un poco pensar que esa mirada era debido a que yo no solía ser demasiado amable con ella ni con nadie. La niña levantó la cabeza, dejando a la vista su rostro desfigurado y sus grandes ojos verdes llenos de lágrimas. Me miró durante unos segundos antes de pasarse el brazo por la cara y ponerse de pie.

—No es nada, estoy bien —se puso al lado de Sofía mientras me dedicaba una sonrisa que amenazaba con hundirse en cualquier momento.

—¿Piensas que soy tonta? —pregunté molesta, eso hizo que cambiara su expresión a una de sorpresa y luego mirara hacia otro lado con los ojos llenos de lágrimas otra vez.

Sofía simplemente alternaba su mirada entre ella y yo, esperando hacia dónde llevaría la conversación.

—Mírame a la cara cuando te hablo —exclamé, y la pequeña giró su rostro enrojecido hacia mí—. Te he preguntado qué por qué lloras.

—Unas chicas me han dicho algunas cosas un poco feas, solo es eso —contestó al fin.

—¿Qué te han dicho?

—Saray, Niella ahora mismo no…

—Quiero saber qué te han dicho —interrumpí a Sofía antes de que perdiera el hilo de la conversación.

—Lo de siempre, que soy un bicho feo, que soy un horror, lo mismo que piensas tú cuando me miras. —su tono era tan triste, una niña acostumbrada a recibir esa clase de comentarios.

Me quedé callada, aceptando que sí que había pensado algo así sobre ella.

Niella sonrió con tristeza.

—Ya había dicho que no era nada.

—Para ya de decir eso —solté, molesta conmigo misma por desear partirme la cara yo y a las chicas que la habían hecho llorar—. Yo soy una tonta que piensa cosas malas de todo el mundo antes de conocerlos, pero escúchame y deja de mirar hacia otro lado, ya te he dicho que me mires a la cara cuando te hablo, esas cicatrices son la prueba de que eres una luchadora y una chica muy valiente, además, tienes unos ojos preciosos, los más bonitos que he visto en mi vida.

—¿Qué? —preguntó totalmente descolocada.

—Lo que has oído, no lo pienso repetir, decir las cosas buenas que pienso de la gente no se me da tan bien como decir las malas. —mis mejillas se habían sonrojado por el simple hecho de decir esas palabras en voz alta, porque realmente las pensaba, a pesar de que sabía que era raro y los demás se reirían de mí.

Entonces Niella sonrió de verdad y mi vergüenza se esfumó, porque yo, una persona acostumbrada a recibir malas miradas y reacciones por mi sinceridad, había logrado que una niña que estaba llorando sonriese de la forma más hermosa y pura que jamás me había imaginado.

Sofía nos miraba a ambas con una sonrisa de oreja a oreja, y eso me devolvió la vergüenza.

—Bueno, eso, en fin, voy a comerme mis palomitas y a beberme tranquilamente mi cerveza. —aunque sabía que eso no iba a pasar, porque Niella corrió a sentarse a mi lado.

—Pareces súper borde y malvada, pero en verdad eres buena —me dijo mientras me robaba palomitas.

—Ahora me estoy arrepintiendo de consolarte, ¿quién te ha invitado a comer y hablar conmigo? —me reprendí mentalmente por esas palabras, pero ella simplemente se rió y siguió comiendo.

—¿Sabes? De normal no me suele afectar lo que me dicen, al final te acostumbras e intentas que te dé igual, pero que unas chicas a las que no podía dejar de admirar por lo lindas que eran me dijeran algo así… Pero bueno, tú me has dicho eso otro, y como eres mucho más linda que ellas pues ya se me ha pasado —me di cuenta de que hablaba a una velocidad increíble, y que poco tenía que ver su personalidad normal a la chica triste y herida de hacía unos momentos—. Así que gracias, y como tú me has animado, ahora somos amigas, y las amigas comen y hablan juntas.

Reí y chasqueé la lengua ante su descaro, pero no evité que siguiera comiéndose mis palomitas y contándome un millón de cosas a una velocidad tan extravagante que era difícil de seguir.

—Aquí está la niña tigre, o la engendro acosadora —Niella se calló de repente, así que levanté la cabeza lentamente, esperando ver a unas niñas.

—¿Tú qué quieres? ¿Eres amiguita del monstruo?

No pude evitar soltar una carcajada, porque esperaba que las dueñas de esos comentarios fueran tres niñas de la edad de Niella, no tres chicas de mi edad.

—¿En serio vuestras vidas son tan miserables y aburridas que tenéis que molestar a una chiquilla que no os ha hecho nada? —Niella me miró sorprendida, pensaba que me había reído de ella.

—Solo respirar el mismo aire que nosotras ya es una molestia.

—Niella, ¿en serio estas payasas te han hecho llorar? —le pregunté a la niña que me miraba sorprendida.

—¿A quién llamas payasas?

—A vosotras, ¿acaso eres tonta?

Niella dejó escapar una pequeña risa y una de las chicas se lanzó a agarrarle del pelo, aunque no se acercó demasiado antes de que yo le parase el brazo.

Igualmente la pequeña retrocedió asustada.

—Tranquila, corazón, no van a hacerte nada —saboreé el mote cariñoso en mi boca tras decirlo, cuando Sofía lo decía sonaba amable y dulce, en mis labios quedaba algo raro, pero funcionó lo suficiente como para que Niella me sonriese.

La payasa se soltó de mi agarre y retrocedió ofendida.

—Está claro que eres tan insoportable que solo te soportan los monstruos —dijo antes de irse a grandes zancadas, seguida de sus dos amigas.

—Monstruosos los tacones esos que llevaba —murmuré yo y Niella no pudo evitar reírse largo y tendido de ese comentario.

—Gracias, otra vez —se abalanzó sobre mí y me quedé hecha una estatua por la sorpresa, cuando entendió que mi reacción debía ser un rechazo se fue a soltar y entonces reaccioné yo y le devolví el abrazo.

—Suelo ser una imbécil, pero no te rechazaría un abrazo, solo me ha pillado por sorpresa —expliqué contra su pelo, avergonzada por las palabras que iba a decir a continuación—. Y como somos amigas, espero que me tengas paciencia, porque a veces digo cosas malas que no pienso y me comporto borde con las personas que no se lo merecen.

Niella se separó de mi abrazo, puso las manos sobre mis mejillas y con una sonrisa de oreja a oreja dijo:

—Estás muy linda cuando te pones rojita.

Le hice cosquillas en el estómago para que me soltara.

—Te juro que voy a matarte, no vuelvas a decir ni a hacer algo así —dije con un tono furioso, aunque con solo ver mi cara era fácil adivinar que estaba avergonzada a más no poder. Niella no dejaba de reírse de mí, sin dudas me había hecho amiga de la más sinvergüenza del circo.

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