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12/03/2025

El llanto de una campana: Capítulo 2

Capítulo 2

Escena

Zoe

Cuando abrí los ojos supe que había dormido más de lo normal, estaba bien que mi cuerpo al fin pudiera recuperar todas las horas de sueño perdidas.

Mi casa era un lugar silencioso, donde sólo el sonido de los vecinos en la calle irrumpía por las ventanas, a veces deseaba estar allí fuera, quejándome junto a las señoras porque la panadera no había hecho magdalenas hoy, gritándole a mis amigos que debían correr más rápido o no llegarían a clase, o fardando de mis habilidades para cultivar tomates, pero otras me alegraba de vivir en mi solitario mundo, donde no debía darle explicaciones a nadie.

Antes de salir de casa miré la previsión del clima en el móvil, y ni en ella ni en el cielo parecían haber indicios de lluvia, así que dejé la chaqueta en el perchero, dejando que mis brazos se calentaran al sol.

Siempre había sido una niña pálida, con la piel llena de pecas que no se habían difuminado con la edad, y por mucho que intentase broncear un poco mi piel, solo lograba quemarme.

Si no hubiese sido por la vaya de las flores, me habría pasado la tienda, porque a diferencia del día anterior ninguna luz brillaba dentro.

—¿Hola? —murmuré tocando a la puerta, aunque ningún sonido respondió del otro lado.

Esperé allí algún tiempo, seguramente más del que se hubiera considerado normal, pero nadie parecía haber ni dentro ni fuera de la tienda, además de la chica silenciosa que trabajaba en la sastrería.

Cuando al fin pensé en irme, me convencí a mi misma para esperar un poco más, esta vez sentada en el bordillo, temiendo ensuciar la falda azul que llevaba puesta.

El sentido común comenzaba a insistir en que debía irme, que obviamente la tienda estaba cerrada, que tal vez sólo abría por las noches o que aquel chico color sepia había sido producto de mi imaginación.

Cuando el móvil marcó que había pasado la hora de comer, fue que me levanté, y arrastrando los pies volví a mi casa, la expectativa que había sentido la noche anterior ahora se opacaba por un sensación de decepción, no había tirado la toalla, iba a regresar cuando cayese la noche, pero no podía evitar pensar que la cantidad de polvo que había bajo la rendija de la puerta era señal suficiente para aceptar que esa tienda no había abierto en años.

Entre un sueño o la locura no sabía cuál de las dos opciones prefería.

La tarde pasó igual de lenta que la mañana, sin mucho que hacer más allá que repasar una y otra vez mi experiencia de la noche anterior, y regando la única planta que había en mi casa, una zamioculca que me habían vendido con la promesa de que era fácil de cuidar, y no habían mentido.

Tal vez estaba un poco más desesperada de lo que debería, porque en cuanto cayó la noche, ya estaba en camino de nuevo. Esta vez no me la pasé, pero no porque la puerta estuviera iluminada, sino porque ya tenía muy claro el objetivo.

La sensación de malestar se hizo más fuerte en mi pecho mientras tocaba de nuevo la puerta, y el silencio volvía a contestarme.

—Corazón, esa tienda lleva abandonada demasiado tiempo, debes haberte equivocado de lugar —exclamó una mujer que se había parado a mirarme por la calle, era mayor, como la mayoría de personas que podías encontrar en Rafelcofer.

La miré y la reconocí como la dueña de la farmacia.

—Ya veo, muchas gracias —contesté, sin ganas de explicarle a una desconocida mi experiencia fantasiosa.

Miré la puerta durante algunos segundos más, y decidí dar una vuelta mientras se hacía la hora en la que había entrado la noche anterior.

La calle se iba vaciando, y yo solo podía pensar en que era imposible que hubiese podido tener un sueño tan vivido. Volví a la entrada, seguía cerrada, llamé, silencio, probé a empujar, obviamente no cedió.

Empezaba a desesperarme un poco, hasta que un sonido conocido me iluminó la mirada, la campanilla volvió a sonar, como preocupada de que no la hubiese oído en un primer momento.

El sonido venía del interior de la tienda, al igual que la vez anterior, solo que esta vez la puerta no me invitaba a entrar.

Una vez más aquel tintineo desesperado, me llamaba con urgencia, y yo solo podía mirar a mi alrededor, pensando en una forma de entrar. Si aquella campanilla no hubiese sido tan insistente, seguramente me habría ido a la cama decepcionada, pero era imposible ignorar su ruido frenético.

En uno de los tejados cercanos vi a Oro, uno de los gatos que vivía en el pueblo, no sabía si ese era su nombre, pero me parecía apropiado llamarlo así por el color de sus ojos. El felino bajó de un salto y se acercó a mí, buscando que lo acariciase tras las orejas, cuando se alejó satisfecho, me miré las manos, las puntas de mis dedos se habían vuelto negras, al frotarlas contra mi ropa me di cuenta de que era ceniza.

Miré la esbelta figura negra que se alejaba por la calle, meneando la cola como si estuviera satisfecho.

No tuve tiempo a plantearme mucho más antes de que la campanilla volviese a sonar.

Oro me había dado una idea, que aunque mala, era tomar la iniciativa mucho más de lo que llevaba haciendo meses. En Rafelcofer las casas no eran muy altas, incluso era normal que algunas personas subieran allí a tomar el sol, por lo que tras encontrar un contenedor cercano, pude auparme al tejado de uno de los locales colindantes a la tienda.

Cruzar entre tejados también era sencillo, estaban pegados entre sí, con la única diferencia de ser algunos más altos que otros. Cuando llegué al que estaba buscando, miré la chimenea durante unos segundos, sabiendo que mi idea era absurda, y me dispuse a bajar de nuevo al suelo, pero la campanilla volvió a sonar, insistente, me asomé por el agujero, obviamente no había fuego, ni siquiera olía a quemado.

Respiré hondo varias veces, comprobé que tenía batería en el móvil, tal vez una vez dentro debía llamar a la policía para que me sacaran de allí, y cuando escuché el tintineo por quinta vez metí los pies por el agujero.

La bajada fue mucho menos cómoda de lo que había previsto, se me llenó la piel y la boca de hollín y ceniza, y aunque traté de bajar apoyando pies y manos a los lados, caí el último metro a plomo. Fui lo suficientemente hábil para aterrizar de pie y no romperme nada, aunque dudaba que mis zapatillas y ropa pensaran igual.

Salí de la chimenea tratando de sacudirme un poco la suciedad, y encendí la linterna del móvil para poder mirar a mi alrededor. Mis pies se clavaron en el suelo ante lo que estaba viendo, la tienda limpia y organizada ya no existía, solo había polvo y objetos desordenados, las tablas del suelo estaban rotas y levantadas, había manchas negras en las paredes, y ni una sola estantería parecía entera.

—¿Qué narices? —pregunté en un murmullo.

Avancé algunos pasos más, el suelo crujía con cada uno de ellos.

La campanilla volvió a sonar, esta vez mucho más cerca, y otro sonido por debajo, algo inquietantemente similar a un jadeo.

Cerré los ojos, tratando de distinguir la dirección del tintineo, y de aquel susurro que cada vez me recordaba más a un gemido. Ambos venían del mismo lugar, el pequeño pasillo tras el mostrador, avancé con cautela, la piel de todo el cuerpo erizada, el miedo tratando de opacar mi creciente curiosidad.

El pasillo terminaba en una puerta de madera oscura, la cual colgaba destrozada en sus goznes, tuve que darle un pequeño puntapié para poder pasar. El sonido de la campanilla y los gemidos se habían acallado, alumbré con la linterna del móvil, observando lo que en otros tiempos debió ser un estudio. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, en el mismo estado lamentable que las de fuera, los objetos que alguna vez sostuvieron desparramados en el suelo, rotos en su mayoría.

En el centro de la habitación había un elegante escritorio de madera, que a pesar de faltarle una pata, se mantenía orgullosamente en pie, no había rastro de sillas o butacas por ninguna parte. El tintineo sonó una vez más, mucho más suave que antes, casi apenado, si es que un sonido así podía expresar emociones.

Rodeé el escritorio, para descubrir que uno de sus cajones seguía parcialmente intacto, lo abrí con cuidado, tratando de no romperlo más de lo que ya estaba. En su interior se encontraba una campana dorada y deslucida del tamaño de una ciruela, su empuñadura de madera estaba partida y astillada, dando el aspecto de un hueso roto.

Me quedé mirándola sin poder creer que fuese la misma que me había llamado con insistencia, dentro de aquel cajón era imposible que el viento la hubiese hecho sonar, y aún así, no debería haberla podido oír desde la calle.

La situación era tan irreal que quise creer que estaba soñando, que tal vez me había dormido mientras esperaba a que anocheciera, o que incluso me había dormido trabajando, y que todo lo del día anterior también había sido producto de mi imaginación demasiado vivida. Pero una parte de mi deseaba que no fuese así, la parte que aún soñaba con vivir las historias que le contaba su abuelo antes de dormir, esa Zoe deseaba que todo esto fuera real.

La campana volvió a sonar, y clavé mis ojos en ella, no había ni una pequeña brisa de aire, no la había visto moverse, pero aquel sonido era real, y el susurro jadeante que se escuchaba de fondo también.

Dejé el móvil sobre el escritorio, con la linterna apuntando al techo, no necesité armarme de valor para tomar la campana entre mis manos, tenía la sensación de que era eso mismo lo que debía hacer. Cuando la levanté volvió a sonar, a pesar de que yo no la había girado, y esta vez me quedó claro que el badajo no se había movido.

—¿Eres tú quién hace ese sonido? —susurré al aire, una pregunta retórica que trataba de buscarle explicación a lo que estaba ocurriendo.

Un tintineo, como si de una respuesta se tratase, me aceleró el pulso más de lo que estaba.

Pasé mis dedos por la empuñadura destrozada, por dentro del vaso, buscando alguna explicación al sonido. No encontré ninguna, parecía una campana normal, la cual podía tintinear sin moverse y parecía hablar conmigo.

—Si me has llamado con tanta insistencia no te quedes ahora en silencio.

Como si mis palabras hubiesen activado algún tipo de hechizo, la campana volvió a sonar, esta vez de forma pausada pero sin detenerse, la mantuve en mis manos, mirándola con intensidad, buscando cualquier truco.

Aquel murmullo subyacente al tintineo volvió a escucharse, solo que esta vez no parecían jadeos, si no más bien un conjunto de sonidos que no podía identificar.

Cerré los ojos y me concentré en el sonido, tratando de separar el tintineo de aquel otro, poco a poco, mi mente empezó a identificar palabras, roto, grupo, alma, historia,...

No parecían ser oraciones con sentido, sino más bien mi mente escuchando palabras donde no las había, simplemente porque eso era lo que quería oír.

—Esto es una locura —murmuré, sabía que no podía irme e ignorar lo que pasaba, pero tampoco tenía claro qué hacer con aquella campana.

La dejé con suavidad encima del escritorio, tratando de buscar pistas en otros lugares, pero como si temiese ser abandonada, en cuanto me alejé un paso comenzó a sonar con más urgencia. Las palabras, que antes podían ser imaginaciones mías, ahora dejaban poco espacio a la interpretación .

—Por favor, no te vayas —aquella oración era imposible de ignorar, había sonado tan clara como si la hubiesen susurrado a mi lado.

Me abalancé de nuevo sobre el escritorio, cogiendo la campana con manos temblorosas.

—Vuelve a hacerlo —susurré, no terminaba de creer que lo que había escuchado no era producto de mi imaginación.

—Joder, ¿por fin puedes oírme? —la voz provenía claramente de la campana, era grave y sonaba cansada.

Mi afirmación salió entrecortada, estaba segura de que mi corazón se oía más claramente.

—Necesito que me arregles —seguía escuchando el tintineo de fondo cuando hablaba, pero ahora la voz era el sonido principal—. No me importa cómo lo hagas, solo hazlo.

Su voz no era amable, tenía un tono autoritario y ligeramente mordaz, y sus palabras se interrumpían con pequeños jadeos contenidos.

Observe la madera partida a la luz de mi móvil, estaba astillada, y a penas se mantenía unida por algunas fibras, arreglarlo no iba a ser sencillo.

—¿A qué esperas? —sonaba ansioso y dolorido, quedaba claro que estaba sufriendo por aquella rotura.

—No puedo arreglarte aquí, no tengo materiales —dije sin querer sonar demasiado obvia, la campana no parecía tener el tipo de personalidad a la que quieras hacer sentirse idiota.

—Pues llévame a otro lado, pero hazlo ya —iba perdiendo poco a poco la poca paciencia que parecía tener.

Asentí y la guardé con suavidad en el bolsillo de mi sudadera, un gemido de dolor sonó ahogado.

—Cuidado, joder —jadeó.

Me disculpé con un murmullo y cogí mi móvil para salir rápidamente de allí, miré la chimenea antes de probar con la puerta, por suerte podía abrirse por dentro, y con un chirrido salí de nuevo a la calle.

Temí que al alejarme de la tienda la campana perdiese la magia que parecía contener, pero durante todo el trayecto no dejé de escuchar sus quejidos contenidos de dolor.

En cuanto estuve en la seguridad de mi cocina, me dejé caer en un silla, quería quedarme allí tirada, analizando todo lo que había pasado, pero había otra prioridad.

Saqué la campana con el máximo cuidado posible, y aún así le provoqué un gemido de dolor, la dejé sobre la mesa mientras buscaba cola blanca y un pincel, era la mejor opción que se me ocurría para arreglarla.

Me senté cogiendo aire, no sabía si quedaría bien.

—Te va a doler —dije mientras mojaba el pincel en la cola.

—Ya me duele —jadeó—. Así que termina de una vez.

Tomé la campana con mi mano libre, y con todo el cuidado que pude separé ligeramente las dos partes rotas de la madera, lo suficiente para poder meter el pincel.

Aunque se había estado conteniendo, no pudo evitar soltar un grito de dolor que me hizo apretar los dientes y terminar rápido de extender la cola. Tras eso apreté las dos mitades, y aunque su respiración era arrítmica, trataba de contener sus gemidos.

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