Escena
Al día siguiente trabajamos en el taller como de costumbre, no paraban de comentar los espectáculos que habían visto el día anterior, y deliberaban cuáles serían los que verían hoy.
Cuando llegó la noche pude saltarme el odioso espectáculo de bienvenida y me dirigí a por una cerveza y unas palomitas, deseando poder acabarlas esa noche.
—¿Por qué otra vez por aquí? No parece que lo disfrutes mucho —comentó la mujer barbuda, Sofía, al acercarse a la mesa donde me había sentado después de que me sirviera.
—No lo disfruto en absoluto, pero los pesados de mi jefe y compañeros sí —contesté, por lo menos ahora sabía que podía hablar con ella sin que me comiera.
—¿Puedo saber en qué trabajas? —preguntó con curiosidad, ya que era raro que un jefe llevase a sus trabajadores a una feria de los horrores.
—¿Puedo saber yo por qué estás aquí y no en alguno de esos horribles espectáculos de engendros? —me arrepentí al instante de la dureza de mi voz y de las palabras que había utilizado, era una idiota por ponerme a la defensiva sin razón, ya me había quedado claro que no era una criatura monstruosa. Ella parecía decepcionada y se volteó para volver al puesto.
—Sofía, perdón, mierda, no sé por qué he dicho eso —esas palabras sí que eran totalmente ciertas.
Ella me miró y me dedicó una sonrisa cálida.
—Es la primera vez que oigo esas palabras —contestó y se sentó a mi lado—. ¿Sabes? Eres una buena persona, nadie de fuera del circo me llama por mi nombre, soy solamente la mujer barbuda, pero tú ya me has llamado Sofía dos veces.
—Es tu nombre, ¿no? —dije avergonzada por sus palabras, ella consideraba que yo era buena persona a pesar de las cosas horribles que había pensado de todos ellos.
—Sí, es mi nombre, aunque yo no sé el tuyo.
—Saray.
—Saray, ¿qué te molesta tanto de nuestros shows? ¿Es nuestro aspecto? —me preguntó, no parecía molesta ni nada por el estilo, solo parecía sentir curiosidad por mi respuesta.
—Pensaba que sí, pero ahora que estoy hablando contigo, o ayer cuando vi a Azaih y a su madre, me hace darme cuenta de que realmente no es eso, porque no creo que seáis tan horribles.
—¿Y entonces qué es? —parecía satisfecha con mi respuesta.
—No tengo respuesta a esa pregunta.
—Tal vez en un tiempo la tendrás.
—Tal vez —respondí no muy segura—. Por cierto, soy mecánica, que antes me lo habías preguntado.
—Un oficio peculiar para una señorita.
—Tener barba también es peculiar para una señorita —contesté sin poder morderme la lengua, Sofía dejó escapar una carcajada.
—Yo soy ya una señora, no una señorita, la edad ya empieza a pesar —bromeó—. Pero con peculiar no me refería a incorrecto.
—Lo sé, a veces hablo sin pensar.
—En eso te pareces tanto a Azaih, pagaría por escucharos tener una conversación —que me acabasen de comparar con un engendro no me molestó tanto como pensaba.
—Tengo cosas mejores que hacer que hablar con ella —me giré con el ceño fruncido—. ¿Qué miras?
—¿Acaso no he pagado para mirarte? —otra vez había hablado sin pensar, Azaih tensó la mandíbula y se puso rojo de ira o de vergüenza.
—Esa te la has ganado —rió Sofía, aunque a él no parecía hacerle ninguna gracia, y a mí tampoco.
—Esto es una pérdida de tiempo —murmuró entre dientes—. Hay un problema con ya sabes, necesitamos que vengas.
Sofía se puso totalmente seria, un matiz de tristeza inundó sus ojos verdes.
—Ha sido un placer hablar contigo, Saray, ¿nos veremos en otra ocasión? —me preguntó la mujer antes de irse.
—Por supuesto, mañana nos volveremos a ver —contesté, mi tono con ella había empezado a ablandarse.
Cuando se fueron apresurados me quedé mortalmente sola y aburrida, así que me dediqué a mirar las estrellas mientras esperaba a mis compañeros.
Al igual que el día anterior conduje yo el vehículo, pero en esa ocasión tuvimos una conversación que yo aún no sabía que me cambiaría la vida.
—Resulta que nos han ofrecido un trabajo algo complicado —comenzó mi jefe—. Hay que decidir si lo aceptamos y quién se encargará de ello.
—¿Por qué no vas directo al grano? —exclamé—. El alcohol hace que te enrolles demasiado.
—Siempre tan paciente —bromeó uno de mis compañeros—. Es que el trabajo que nos han ofrecido es muy jodido.
—Absolutamente jodido, yo digo que lo rechacemos —opinó el segundo.
—¿Pero qué dices? Es un dineral —contradijo el tercero—. Aunque si digo la verdad no estoy tan necesitado.
—¿Pero cuál es el maldito trabajo? —porque yo sí que necesitaba ese dinero, fuese cual fuese.
—Los engendros esos del circo se dedican a escuchar a escondidas —escupió el que opinaba que debíamos rechazar la oferta—. Y se han enterado de que somos mecánicos.
—Necesitan a alguien que le haga mantenimiento a todos sus transportes, resulta que están en las últimas —explicó mi jefe—. Nos han ofrecido más del doble de lo que cobráis en todo un mes.
Mis ojos relucieron ante la cifra, y más aún cuando ninguno de mis compañeros parecía querer pelear por quedarse con el trabajo.
—¿Qué porcentaje me llevo si acepto? —la cara de mi jefe fue de pura sorpresa.
—¿En serio estás planteando aceptar? —exclamaron mis compañeros.
—Si tienes los ovarios de aceptar te puedes quedar con el ochenta por ciento —bromeó mi jefe, supongo que pensando que no lo decía en serio.
—¿Cuándo empezaría y qué horario sería? —los cuatro se quedaron callados, asimilando que no estaba de broma.
—Se supone que el horario es cosa tuya, mientras no sea de noche, que es cuando abre el circo —mi jefe aún parecía un poco aturdido—. Tienes de tiempo hasta que se marche el circo, así que tienes que organizarte como tú prefieras.
—¿Lo del ochenta por ciento iba en serio? —pregunté para asegurarme.
—Totalmente, pero ya veremos cuánto aguantas entre esos pordioseros.
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