Versión sin redactar
Cuando Lia abrió los ojos se encontró sola en un prado lleno de flores silvestres y alegres insectos que zumbaban. Un camino de grava llevaba hasta una cabaña de madera de aspecto encantador.
Antes de que se diera cuenta ya estaba entrando, pero se detuvo de repente al descubrir un escritorio tras el que se encontraba una persona encapuchada.
La persona la observaba; Lia no podía ver su rostro, pero sentía su mirada. Comprendió entonces que se trataba del mago que describía el libro, y aunque iba en contra de sus instintos, le suplicó ayuda.
—¿Por qué debería ayudar a una mortal que irrumpe en mi casa? —su voz no sonaba monstruosa ni infernal como se había esperado; a pesar de su entonación fría y algo oscura, tenía el timbre de un joven apenas mayor que ella.
—Por favor, se lo suplico —dijo Lia arrodillándose ante aquella presencia poderosa—. Estoy dispuesta a dar y hacer cualquier cosa con tal de salvar a mi única familia.
—¿Darías tu propia vida?
—Sí —Lia ni siquiera tuvo que pensarlo.
—Realmente no eres más que una humana necia —la voz del mago adquirió un deje de desagrado—. Vuelve a tu hogar, no voy a darte mi ayuda.
—Por favor, gran mago, por favor —la desesperación empezó a calar en el corazón de Lia; odiaba tener que rebajarse de esa forma, pero su hermano lo era todo para ella. Lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas llenas de pecas.
El mago tomó con sus frías manos el mentón de la chica, con la fuerza suficiente para hacerle daño. Ella levantó la mirada y entre las sombras de la capucha pudo apreciar unos ojos dorados y un rostro que pudo haber sido hermoso antes de que decenas de cicatrices lo surcaran sin piedad.
—¿Quién te hizo eso? —la pregunta abandonó sus labios temblorosos antes de que su cerebro pudiese pensar con claridad.
Él la soltó como si quemase y dio un paso hacia atrás.
—Lo lamento, no es asunto mío.
—¿Quieres saber quién fue? ¿Quieres una razón por la que no voy a ayudarte? —la voz casi inexpresiva del mago había tomado un matiz peligroso, que hizo que Lia casi retrocediera—. Mortales cobardes e ignorantes fueron los que me hicieron esto, los mismos que, al igual que tú, temen a los seres a los que luego les suplican por ayuda.
Lia se quedó en silencio, sin saber qué contestar. Aquel hombre o ser era la única oportunidad de encontrar y rescatar a su hermano.
—¿Cómo no vamos a temeros? —preguntó Lia con la voz entrecortada por las lágrimas—. Alguien como tú ha hechizado a mi hermano para quién sabe qué, y tú no has hecho más que insultarme y lastimarme el rostro.
—Esa hechicera no tiene nada que ver conmigo —el mago se arrodilló para quedar a la altura de Lia—. Y yo solo he tratado como se merece a una humana necia que piensa que va a recibir ayuda sin dar nada a cambio.
Lia lo miró a los ojos, que emitían un ligero resplandor que lo diferenciaba de los mortales.
—Ya he dicho que estoy dispuesta a dar lo que sea —Lia se secó las lágrimas—. Jamás pediría algo sin pagar por ello.
—¿Trabajarías hasta desfallecer por él?
Lia asintió con la cabeza.
—Eres una humana necia y terca, pero todos los humanos tenéis una voluntad débil y egoísta; no soportarías ni un mes de trabajo. Pero ya que insistes de sobremanera, te propondré un trato —el mago se puso de pie, su voz átona y carente de emoción—. Seis meses trabajando para mí a cambio de la vida de tu hermano.
Ella le dice que su hermano no tiene seis meses, y él le contesta que no debe preocuparse, que desde allí puede detener el tiempo en su simple mundo mortal.
El mago le explicó que a partir de ahora, hasta dentro de seis meses, debería rellenar un profundo caldero de agua haciendo varios viajes a un lago cercano, luego cortar una gran cantidad de leña y encender un fuego bajo el caldero. Después le enseñó la que sería su habitación: sin muebles, ni siquiera una cama. Luego le mostró el baño, el caldero y la guía hasta el lago, todo en absoluto silencio. Lia ni siquiera se atrevió a preguntar por su alimento o por su ropa.
Cuando volvieron a la cabaña, el mago simplemente se despidió con un: "Empiezas mañana".
Lia pasó la noche prácticamente en vela, durmiendo en el duro suelo. Por suerte allí no hacía frío ni calor.
A la mañana siguiente decidió comenzar temprano; en cuanto vio el sol a través de la ventana, estaba cansada y adolorida, pero se animó diciendo que lo hacía por su hermano.
En la puerta de su habitación había una bandeja con un vaso de leche y un trozo de pan; Lia se sintió aliviada al descubrir que no la iban a matar de hambre.
Usó el baño; el mago no parecía estar por ahí.
Empezó su primer día de trabajo, cogió el cubo y se dirigió al lago. El camino no era demasiado largo, pero presintió que al final se le haría un mundo.
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