Escena
Zoe
Hacía más de dos horas que había terminado mi turno en el trabajo, y aún así allí seguía, sentada frente a la máquina de coser, con los ojos cansados y los dedos doloridos.
—Voy a cerrar ya, deberías irte a casa —murmuró mi jefa, la dueña de aquella pequeña sastrería, una mujer encogida y arrugada como una nuez.
—Ya casi he terminado esto —contesté, apenas necesitaba darle un par de puntos al vestido en el que estaba trabajando.
—Eso dices siempre —contestó ella, mientras con paso lento se dirigía a la salida—. He estado pensando.
Un comentario mordaz subió velozmente a mis labios, para luego desaparecer con la misma velocidad.
—¿En qué? —pregunté en cambio, colocando el vestido al fin terminado en un maniquí.
—Deberías tomarte unas vacaciones, niña —hacía ya algunos años que había dejado de ser una niña, pero discutir de eso con un dinosaurio no era una buena idea—. Trabajas demasiado.
Alargué un poco el silencio, contemplando mi trabajo, era un vestido de novia, bastante antiguo, pero del que su dueña no había querido desprenderse.
—¿No es bueno para ti si trabajo demasiado? —dije al fin, dirigiéndome a la salida, donde la mujer me estaba esperando.
—Tal vez —confirmó la anciana, haciéndome un gesto para que cerrase la persiana de la tienda—. Pero me estoy empezando a cansar de tenerte aquí todo el día, trabajando con cara de pena.
Quise rebatir sus palabras, pero no encontré ningún argumento. La calle estaba oscura, igual que cuando había llegado a primera hora, tal vez si que trabajaba demasiadas horas.
—Así que te voy a dar un mes de vacaciones —la miré frunciendo el ceño, debía estar tomándome el pelo.
—¿Cómo vas a poder apañarte sola durante un mes? —pregunté, tal vez mucho más borde de lo que se hubiese considerado educado.
—No te preocupes por eso, niña —dijo ella, sin inmutarse por mi tono de voz, como siempre —. Yo también me voy a tomar un descanso.
Suspiré al entenderlo, mis vacaciones solo eran una excusa para poder cerrar un tiempo.
—Mi hija ha sido madre, y quiero conocer a mi nieto —me contó mientras la acompañaba a la parada del autobús—. Así que me voy de viaje a Alemania.
—Felicidades —dije con una pequeña sonrisa, por lo que sabía, su hija se había mudado a Múnich con su marido alemán—. Espero que no pases mucho frío.
—Yo espero lo mismo —dijo ella con una risa—. Tú también deberías disfrutar de este descanso, ya sabes, salir con tus amigos, ver a tu familia,...
—Eso haré —asentí mientras la ayudaba a subir al autobús y me despedía sonriente.
En cuanto me quedé sola en la noche, la sonrisa volvió a borrarse de mi rostro, sabiendo la mentira que acababa de decir. Mis pasos eran lo único que se oía en la calle, no era especialmente tarde, pero en un pueblo como Rafelcofer dejaban de oírse ruidos bastante temprano. Apenas había un kilómetro de mi casa al trabajo, y el camino oscuro ya se había vuelto una rutina tras dos años trabajando en aquella tienda.
Farolas viejas iluminaban pequeños sectores de la calle, así como las luces aún encendidas en algunos porches.
Admiré los mismos de siempre, aquel lleno de plantas que su dueño se esforzaba tanto por mantener en buen estado, porque tras el fallecimiento de su esposa, esa había sido su última voluntad; el que tenía un dragón tallado en la puerta de madera, tan antigua que se decía que había pertenecido a una banda de bandidos; el que siempre olía a galletas, porque una mujer estaba enseñando a cocinar a su nieto; y aquel del que salía una melodía similar a un violín, de una viuda que cada día tocaba para recordar a su esposo caído en la guerra.
Todas esas historias eran mentira, seguramente, pero no podía evitar inventarlas mientras recorría las calles oscuras noche tras noche. Todo era igual que siempre, a la gente de Rafelcofer no nos gustaban los cambios.
El suave tintineo de una campanilla me hizo apartar la vista de la valla llena de flores que estaba admirando, como había hecho todas las noches anteriores, desde que el frío del invierno había dejado paso a una lluviosa primavera.
Miré hacia la calle, consciente de que aquel sonido era algo inusual, y aún más lo fue observar luz en una puerta que en dos años jamás había visto iluminada.
Me acerqué con curiosidad, una emoción que hacía tiempo que no sentía. A pesar de haber pasado miles de veces por allí, jamás le había echado más de una mirada a aquel portal, aunque sabía que antiguamente había sido una tienda de artículos extraños y de colección.
El interior estaba bien iluminado, y mucho más limpio y ordenado de lo que hubiese esperado de un lugar tan viejo, y hasta hacía poco, abandonado. Las estanterías descansaban en las paredes del local, llenas de objetos que no hubiese podido nombrar, el centro estaba despejado, y daba paso a un mostrador de madera que se encontraba vacío, junto a una enorme chimenea en la que el fuego crepitaba a pesar de la temperatura templada.
Miré hacia el marco de la puerta, esperando ver la campanilla que me había guiado hasta allí, pero en su lugar solo observé un viejo barco de madera que colgaba del techo, como si la hubiese invocado al pensar en ella, volví a escuchar el tintineo. Venía de dentro de la tienda, de un pequeño pasillo que se extendía tras el mostrador. Miré hacia allí, esperando encontrar a alguien, casi sin darme cuenta mis pies comenzaron a dar cautelosos pasos, atraídos por esa sensación de expectativa que tanto de menos había echado.
—Disculpa, ¿puedo ayudarla en algo? —di un respingo cuando una voz masculina me hizo dar la vuelta.
Miré a mi alrededor, hacía unos segundos la tienda me había parecido estar totalmente vacía, y ahora un par de ojos castaños me observaban con curiosidad.
—Lo siento, me he precipitado al entrar —contesté rápidamente, sin poder evitar que mi voz temblara un poco por el susto.
—No se preocupe, normalmente una puerta abierta es una invitación para que los demás entren —contestó con una sonrisa cálida, la cual combinaba especialmente bien con el resto de su rostro.
Asentí sin saber muy bien que decir, mantenerme callada hasta que la otra persona hablase era una mala costumbre que había adquirido de niña. Sin embargo, esta vez fui yo quien tuvo que romper el silencio, puesto que tras más de los minutos que la mayoría de gente soportaba hasta incomodarse, el chico seguía observándome con franca curiosidad y esa sonrisa tranquila.
—¿Has llegado al pueblo para abrir la tienda? —pregunté, sintiéndome totalmente cohibida—. Estoy segura de que no te había visto antes.
Recordaría perfectamente si me hubiese cruzado con él en algún lugar, tal vez su rostro no tenía nada más impresionante que una sonrisa bonita, pero su ropa era difícil de ignorar, no eran las prendas en si lo que más llamaba la atención, si no su presencia en conjunto, su cabello y ojos, al igual que toda su ropa estaban formadas por distintos tonos de marrones, que en contraste con su piel pálida, daba la impresión de estar viendo una fotografía antigua en color sepia. Si no hubiese llevado un traje clásico, de los de levita del siglo XIX, tal vez el efecto no hubiese sido tan llamativo.
Me miró durante unos segundos más antes de asentir.
—No soy de por aquí —confirmó, su voz tenía un deje musical, como si tarareara las palabras—. Es un placer conocerla, estamos muy felices de que sea nuestra primera clienta.
Miré a mi alrededor, en un principio no había entrado con la intención de comprar nada, pero tal vez si echaba un ojo podía encontrar algo de mi agrado, por alguna razón, una parte de mi se negaba a abandonar aquella novedad tan rápido.
—¿Está buscando algo en concreto? —preguntó mientras daba una vuelta sobre sí mismo, señalando a sus alrededores con un gesto elegante.
Negué con la cabeza, así que me invitó a acercarme con él a una de las estanterías, sus pasos eran firmes, y aún así apenas resonaban en el gastado suelo de madera.
—Señorita, ¿tiene alguna pasión? —sus ojos viajaron de mi rostro a mis manos, y luego recorrieron con tranquilidad la estantería que tenía delante.
Seguí su mirada, y aunque la falta de polvo me sorprendió, lo que veía era aún más sorprendente, la mayoría eran objetos antiguos, algunos cotidianos como vajilla, libros o herramientas, pero otros no tenía ni idea de para qué debieron usarse, sus formas y colores casi perdidos en el tiempo.
—La costura, supongo que podría llamar pasión a eso —contesté frunciendo el ceño, no tenía muy claro por qué había dudado al decirlo.
Sus ojos volvieron a mí, tenían una intensidad que pocas veces había experimentado, pero en vez de incomodarme, solo despertaron una nueva nota de curiosidad en mi.
—Sus ojos brillan al observar estas estanterías, pero se apagan al hablar de su pasión, es eso algo bastante peculiar, señorita —dijo agachando un poco la cabeza, como si temiese ofenderme con sus palabras.
Dejé escapar un suspiro rápido, una mezcla entre un asentimiento y una resignación.
—No es una persona muy habladora —habló tras otro rato de silencio—. ¿O tal vez es mi presencia la que le incomoda?
—No suelo hablar mucho, perdón —murmuré, lo cierto es que me sentía extrañamente cómoda con aquel extraño color sepia.
Asintió satisfecho, y volvió a su tarea de mirar mis manos y las estanterías. Parecía estar buscando algo, pero no tenía muy claro el qué. Tras unos minutos más de contemplativo silencio, tomó algo de las estanterías más bajas, un espejo de mano con relieves que debieron ser dorados, con el cristal ligeramente agrietado y sucio, que apenas reflejaba nada.
—¿Qué ve? —preguntó alzando el espejo hasta mi rostro.
El reflejo era tan opaco que mis ojos parecían marrones en vez de azules.
—La única compañía de una anciana que comenzó a hablar con ella misma debido a su soledad —contesté, no me apetecía hablar del triste reflejo que me devolvía la mirada, mi propio rostro que a veces no parecía el de una joven en su segunda década de vida.
Pensé que mi respuesta le parecería absurda, una historia inventada sin motivo, que no la entendería o que me miraría con extrañeza, imaginé mil reacciones de su parte, menos la forma en la que sus ojos se cristalizaron. Su sonrisa se difuminó un poco, y con algo de prisa dejó el espejo para tomar una muñeca de tela que había visto días mejores.
—¿Y aquí? —preguntó, la melodía con la que parecía fluir su voz había adoptado un tono más grave.
Tomé la muñeca entre mis brazos, él no puso ninguna objeción, la acuné durante unos segundos, pensando cuál era la historia correcta para aquel juguete.
—Era la mejor amiga de alguien, pero un día se quedó sola —dije, por algún motivo sentía compasión por aquel rostro de tela y botones—. No sé si su dueña creció, o tal vez le pasó algo.
Mis historias no siempre eran tristes, pero por algún motivo, me sentía incapaz de inventar un pasado feliz para aquellos objetos.
Miré de nuevo al dueño de la tienda, sus ojos seguían mostrando una mezcla de emociones difíciles de definir.
—¿Desde cuándo puede hacer eso? —preguntó, sus manos antes tranquilas, ahora parecían que no podían estarse quietas, cogía y dejaba diferentes objetos de la estantería, en movimientos ligeramente ansiosos.
—¿Inventar historias? —pregunté, no era algo de lo que hubiese hablado con nadie—. Supongo que desde siempre, a mi abuelo le encantaba hacerlo.
Me sorprendió a mí misma la falta de tristeza al mencionar a quien para mí había sido mi única familia, evitaba hablar de él por miedo a hundirme de nuevo en aquel dolor tan cercano, pero por una vez, todo lo que sentí fue un ligero nudo en el estómago, seguramente porque antes de poder siquiera dedicarle otro pensamiento a lo mucho que lo extrañaba, el chico me mostró un libro.
No habló esta vez, solo me lo tendió con suavidad, estaba encuadernado en cuero, desgastado en las esquinas, pero sorprendentemente bien conservado para lo antiguo que parecía.
Dejé con cuidado la muñeca en la estantería, y tomé el libro, acaricié el lomo con la punta de los dedos, donde el título resaltaba en letras doradas.
La noche de las velas.
Ni siquiera tuve que pensar, una historia vino enseguida a mis labios.
—El refugio de un chico que se sentía muy solo —abrí la primera página, a pesar del tono amarillento era mucho menos frágil de lo que había esperado.
El silencio se extendió durante unos segundos más, mientras yo pasaba las páginas con delicadeza.
—Creo que debería volver mañana —dijo el chico al fin, con un poco de dureza.
Levanté la mirada del libro, preocupada, temía que mi comportamiento lo hubiese ofendido de alguna forma.
—Por favor, vuelva mañana —repitió de forma un poco más suave al ver mi rostro.
Con un asentimiento le devolví el libro, lo tomó en sus manos con suavidad, como si fuera algo muy valioso para él.
—Hasta mañana entonces —murmuré dirigiéndome a la puerta, él se despidió con un gesto de cabeza, mientras acariciaba la cubierta de cuero pensativo.
Cuando salí a la calle, la magia que había comenzado a sentir allí dentro se desvaneció, donde la curiosidad había reinado, ahora dejaba paso a una sensación de extrañeza.
Recorrí el resto del camino hasta mi casa, sin poder quitarme de la cabeza a aquel chico color sepia y sus sentimientos revueltos por mis historias. Tal vez en otra ocasión no habría vuelto a la tienda, habría entendido su petición como una simple despedida y habría decidido olvidarme de esto, pero después de tantos años con una sensación de pausa en mi vida, sentía como si algo hubiese empezado a correr de nuevo, tal vez era mi propio corazón, acelerado ante la perspectiva de algo diferente, de nuevas historias que había dejado de vivir desde que murió mi abuelo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario