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12/02/2024

Los hijos malditos: Capítulo 3

Capítulo 3

Escena

A la mañana siguiente maldije a todo lo que se movía debido a que habían alterado los horarios del tren de forma permanente. Era imposible llegar a las nueve a casa de Cassandra, las dos únicas opciones eran llegar a las siete y media o a las diez, así que opté por la puntualidad.

Pensé en dar una vuelta por el barrio para matar el tiempo, pero ese no era un barrio por el que apeteciera pasear, por lo cual me dirigí a casa de Cassandra.

Recogí un poco las cortinas y asomé la cabeza.

—Buenos días —murmuré.

—Buenos días, Elena —me saludó la mujer mientras salía de una de las puertas—. Es muy pronto, ¿no? Jake aún duerme.

—Si, lo lamento —le expliqué la situación.

—No te preocupes, puedes esperar en la sala de estar o en cualquier otro sitio que prefieras, mi casa es tu casa.

—Gracias, eres realmente amable —sonreí ante la dulzura de la mujer.

—Esa sonrisa es muy tierna —una voz dulce y femenina me hizo dar un salto, no había escuchado a nadie acercarse por mi espalda.

—Lo siento, no pretendía asustarte —se disculpó, avergonzada, parecía algo menor que yo, y su brillante cabello negro recogido en dos coletas cortas y el flequillo recto, la hacía parecer aún más joven.

—Está bien, simplemente no me lo esperaba —reí, restándole importancia.

Cassandra nos presentó amablemente y le pidió que me enseñara la casa hasta que fuese la hora de empezar las clases.

Elain aceptó sin problemas, me fijé bien en ella, pero no logré detectar nada peculiar, solo era una chica preciosa con aspecto dulce.

—Al principio puede parecer algo difícil recordar dónde están las cosas, pero te acostumbrarás pronto —dijo y me enseñó las zonas de uso común: la sala de estar, el comedor, la cocina y el baño. Todo estaba muy aseado, al igual que la habitación de Jake, lo cual contrastaba con el estado del pasillo y la entrada.

—Genial, muchas gracias Elain.

—No es nada, estoy para lo que necesites —me sonrió, aunque me parecía completamente forzada, no se sentía como una sonrisa real, sobretodo porque tras sus ojos verdes se escondía demasiada tristeza, aún más profunda que la que había visto en los ojos de Jake.

—¿Las demás puertas son vuestras habitaciones? —pregunté para no dejar morir la conversación.

—Así es, y la última puerta, la que está en el centro, da a un jardín interior, aunque no se si te gustan esas cosas —lo último fue apenas un murmullo, como si no hubiese querido decirlo.

—Me encanta todo lo relacionado con la tierra, ¿me enseñarías el jardín?

Mis padres se habían hartado de que llenase la casa de barro, por lo que se habían deshecho de todas las macetas que teníamos en la terraza.

—La bella y la bestia —interrumpió una voz, primero mirándome a mí y luego a Elain, no pude evitar soltar un bufido. Si eso había sido un piropo para mí, me resultó horrible.

—No soy tan fea, joder —bromeé, tratando que fuese Elain la que se diese por aludida con el cumplido.

Ella hizo una mueca entre la sorpresa y una sonrisa.

—Me pareces muy bonita —añadió dulcemente.

La piel del chico debía ser morena de nacimiento, pero estaba tan pálida que hacía un extraño contraste.

—Venga ya, Elain, ¿enserio estás con ella? —el emisor de aquellas palabras nos miró a ambas con desprecio. Yo le devolví el gesto.

Su cabello castaño era liso, y le llegaba por los hombros, el flequillo le cubría medio rostro, en el lado visible un ojo practicamente negro se encendió de furia.

—¿Te molesta mi mirada, niñita?

—Probablemente sea mayor que tú —contesté, incómoda por la situación.

—Luciel, no seas maleducado —le regañó Elain, avergonzada por el comportamiento de su hermano.

—Disculpe, no quería ofender a Tutankamon.

—¿Acaso sabes quién fue?

Aquello pareció dolerle más de lo que debió, ya que bajó la mirada y entró en una de las habitaciones de un portazo.

—Joder, no pretendía eso —suspiré.

—No te preocupes, Luciel es así, luego se le pasará —me tranquilizó la dulce Elain—. Ven, te enseño el jardín, es mi lugar seguro.

Me tomó de la mano para guiarme hasta allí, no pareció darse cuenta hasta que llegamos, la soltó de golpe y se disculpó avergonzada.

—No pasa nada, a mi no me molestan estas cosas.

El jardín era hermoso, contraste total con el resto del paisaje, se notaba el amor que le ponía Elain.

—¿Te gustaría ver esto?

Se agachó frente a una flor, y mientras me explicaba todas sus características, me fijé en algo de lo que no me había percatado, dos pequeñas figuras puntiagudas de un verde más oscuro que sus ojos asomaban de su cabeza. No las había visto antes debido a que ella era algo más alta que yo, y a que sus mechones negros las ocultaban.

Se que era de mal gusto preguntar, sobre todo debido a la peculiaridad de los habitantes de esta casa, pero mi curiosidad me obligó a hablar, por algo estudiaba periodismo.

—Elain, ¿qué es esto? —le pregunté, sin poder evitar tampoco pasar los dedos por encima, su textura era sólida y lisa. Ella puso su mano sobre la mía, me miró durante unos segundos, tratando de buscar las palabras adecuadas.

—Elena, no somos personas normales, aunque supongo que ya te has dado cuenta, esto es simplemente mi marca de peculiaridad.

Supongo que esperaba otro tipo de reacción por mi parte, tal vez incomodidad o rechazo, así que le sorprendió mi siguiente pregunta.

—¿Tienen alguna función?

—Se alargan —respondió insegura—. Son algo así como antenas, soy un bicho gigante.

Me hizo una demostración, alargándolas hasta tomar una flor con cada una.

—¿Has visto? Súper bicho.

—Siempre he querido conocer a una superheroína.

—¿Superheroína?

Su cara expresó duda por un momento, pero enseguida dejó paso a una sonrisa tonta, de esas que salen solas al recibir un cumplido al que no estás acostumbrada, esa era probablemente la primera sonrisa real que me dejaba ver.

Rodeó mi cuerpo con sus antenas y me atrajo hacia su cuerpo, dándome tiempo suficiente para apartarme si quería, justo cuando pensaba que me iba a abrazar me dió un tierno beso en la frente y me soltó.

Pasamos más de una hora en el jardín, compartiendo anécdotas.

Bueno, más bien yo las compartía, ella solo me animaba a hablar y se reía de mis tonterías, me alegré de que al menos la mitad de esas risas fueran de verdad.

Fue el pequeño Jake quien nos interrumpió y al grito de “Lady Rinocabradragón” se lanzó a mis brazos. Yo lo recibí encantada, y empecé nuestro grito de guerra que él siguió.

Luego hicimos nuestro saludo secreto, Elain nos miraba asombrada.

—Elain, ¿ya has conocido a Elena?¿A qué es genial? —el pequeño miró a su hermana entusiasmado.

—Si lo es, si —contestó ella algo sonrojada—. Me gustaría oír en algún momento la explicación de vuestros apodos.

—Esta tarde te lo cuento —el pequeño tomó mi mano y se dirigió hacia dentro de la casa—. Ahora tenemos que aprender.

Solo me dió tiempo a gritarle un hasta luego a Elain antes de entrar a la habitación del pequeño.

—¿Qué vamos a aprender hoy? —estaba tan emocionado que me contagió, así que sin más demora comenzamos con el temario que había preparado para ese día, algunas sumas, algo sobre palabras básicas y un poco sobre el planeta tierra, cosas sencillas que el pequeño pudiera entender sin dificultad.

Hicimos algunos juegos lúdicos entre medias, para no aburrirnos, aunque Jake no se quejaba de nada.

Cuando volví ese día a casa vacié el tablón de corcho que tenía en mi habitación y comencé a teorizar sobre la condición de los nuevos amigos que había hecho, ¿por qué eran tan peculiares?

¿Simples malformaciones?, descarté rápido esa idea, eran demasiado extraños para deberse sólo a eso.

¿Chernobyl? ¿Alguna otra planta nuclear? ¿Algún tipo de radiación? ¿Mutantes? ¿Experimentación humana? ¿Aliens? ¿Reptilianos? ¿Dioses? ¿Una raza superior? Navegué en internet en busca de alguna pista, tal vez algún artículo científico o incluso algún blog sobre teorías conspiranoicas, cualquier cosa que pudiera acercarme a la verdad, pero nada parecía ser de utilidad.

Cuando me fui a dormir tenía aún más preguntas que respuestas.

Imagen de personaje

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