Escena
Érika
Cuando bajé del coche en aquel viejo descampado, el sol aún brillaba alto en el cielo. Tenía bastante tiempo para encontrar alojamiento hasta que se hiciese de noche, pero si me dejaba llevar terminaría durmiendo en el asiento de detrás, y después de varias noches, me negaba a repetir la experiencia.
Había aparcado cerca de la entrada del pueblo, justo al lado del cartel de “Bienvenidos a Silver Ridge”, aunque algún gracioso había tachado el nombre del pueblo y en su lugar se podía leer el genial augurio de: “Bienvenidos al Purgatorio”.
No tardé ni cinco minutos en encontrar un pequeño local donde a pesar de ser pasado el mediodía me sirvieron un buen plato de arroz con pollo.
—Es extraño ver caras nuevas y jóvenes en este pueblo, ¿qué te trae por aquí? —me preguntó la afable mujer que me había traído la comida.
—Estoy aquí por trabajo —expliqué, y aunque esa parte era cierta, lo demás era una medio verdad que había ido perfeccionando con el paso del tiempo—. Me dedico a escribir libros de viajes, ahora mismo estoy en un proyecto sobre pueblos rurales.
—¿Ah, joven, y qué te ha picado la curiosidad de este rinconcito? —cuestionó uno de los señores que bebía en la mesa de al lado.
—No creo que hayan sido nuestros futbolistas —bromeó otro.
Aquello me llamó mucho la atención, siempre había sido una gran amante del fútbol, correr detrás de un balón me hacía ver todo más claro.
—¿El pueblo cuenta con un equipo de fútbol? —pregunté con curiosidad.
—Un grupo de chiquillos y chiquillas de tu edad que no son precisamente la crema de la cosecha —bufó el primero que había preguntado—. Ni siquiera estoy seguro de que merezcan llamarse un equipo de fútbol, especialmente después de lo que pasó y se quedaron con diez jugadores. ¡La juventud de hoy en día, ya no es lo que solía ser!
—¿Es un equipo mixto? —pregunté, y acto seguido me di cuenta que en verdad, lo que debía haberme llamado la atención no era eso.
Me reprendí mentalmente mientras me recordaba que estaba allí por trabajo, que no era escribir guías de viaje, sino investigar sobre las inexplicables desapariciones periódicas que sufría el pueblo. Casi llegué a escuchar a mi jefe en la oficina, repitiendo una y otra vez que un investigador debe estar atento a cualquier pista, por descabellada que fuera.
—¿Estás interesada? Bueno, muchacha, las instalaciones están prácticamente en la otra punta del pueblo —comentó la mujer mientras me devolvía el cambio.
—Considerando que este pueblucho es más bien pequeño, no creo que sea una tarea imposible llegar allá. Además, encontrar las instalaciones es bien sencillo, el campo se deja ver a lo lejos, eso seguro —suspiró otro de los hombres—. Que tiempos aquellos cuando teníamos un equipo como dios manda.
Me despedí amablemente de los señores, recordando cada una de sus caras para poder preguntar más adelante sobre aquel suceso que había dejado al equipo en diez jugadores, porque si se trataba de una desaparición, era una pista increíblemente valiosa que seguir.
Mientras me dirigía casi sin querer a las instalaciones del equipo, repasé la poca información que tenía: Seis desapariciones en tres años, cada una con una separación exacta de seis meses. La última había ocurrido hacía ya dos, si comparaba fechas sabría si tenía que ver con lo del equipo de fútbol, y era muy probable que así fuera.
Apenas poseía información de alguna de las víctimas, era casi como si las hubiesen borrado del mapa, aunque era obvio que habían existido, las súplicas que aquella mujer cuyo marido había desaparecido aún hacían eco en mi mente.
Tal y como me habían avisado, no fue muy difícil encontrar las instalaciones del equipo, un campo con pocas gradas pero en buen estado junto a un edificio plateado de aproximadamente dos o tres plantas fueron suficientes para saber que estaba en el lugar correcto.
—Silver Storm —leí pasando la mirada por la fachada—. Tal vez sea una basura de equipo, pero no parecen escatimar en gastos de mantenimiento.
La hierba del campo era natural y bien cuidada, las porterías apenas tenían rastros de óxido u otras imperfecciones, aunque desde fuera del vallado y a través de las cuatro filas de gradas era difícil fijarse mucho.
El edificio tenía una puerta enorme justo debajo de las letras, de un plata más oscura que el resto del edificio. Apenas tenía ventanas, y las que se podían ver, estaban protegidas por barras de metal. Fijándome bien, parecía una especie de cárcel o reformatorio, no era lo que digamos un lugar que incitase a entrar, pero como el campo gritaba más, abrí la puerta y pasé.
—¿Hola? —pregunté al silencio, me sentía como la protagonista de una película de miedo—. ¿No debería haber alguien en recepción?
Miré el mostrador a mi derecha, donde una silla y una mesa vacías me indicaban que nadie me iba a atender ahí. A mi otro lado había más sillas. Toda la sala era plateada, desde el techo al suelo, y el mobiliario de color negro, me imaginé que el uniforme del equipo sería de esos colores.
—Hola —volví a repetir, al menos la luz estaba encendida, así que alguien debía de haber en el edificio.
—Vete a la mierda Myron —un chico de cabello negro apareció echando humo por la única otra puerta que se veía—. ¿De qué cojones sirve entrenar si no vamos a poder jugar esta temporada?
—Tal vez no podamos jugar esta, pero debemos prepararnos por si pudiésemos jugar la siguiente —un señor de voz afable salió detrás, a pesar de estar muy entrado en años, caminaba erguido y no se dejaba intimidar por la altura del joven.
Ambos siguieron discutiendo sin sentido durante un rato más, sin percatarse de mi presencia, me limité a observarles y a suplicarle al universo que esto no representase la verdadera esencia del equipo.
—Me largo, estoy harto de todo esto —ese grito por parte del más joven pareció dar por zanjada la discusión, y se giró para retirarse por la puerta que daba a la calle, fue entonces cuando ambos me vieron.
—Buenas tardes, ¿es muy tarde para ser un nuevo fichaje? —pregunté con una sonrisa incómoda.
El chico tardó un segundo en recomponerse e ignorar por completo mi presencia, pasó por mi lado con paso furioso y salió de un portazo.
—Vaya, si es así en el campo debe dar miedo —comenté mirando la puerta, luego volteé de nuevo al señor—. Como decía, me llamo Érika, usualmente juego de centrocampista o banda derecha, pero me adapto a lo que os haga falta, ¿ha empezado ya la temporada o aún estamos a tiempo?
El anciano era algo más alto que yo, lo cual no era muy difícil, tenía el cabello blanco y empezaba a ralear, tuvo que parpadear varias veces para asegurarse de que la situación era real.
—¿Dices que te llamas Érika? —seguía mirándome fijamente, como si yo fuera una especie de aparición—. ¿Puedes jugar de centrocampista y te quieres unir al equipo?
Murmuró lo último, como si no se lo acabase de creer.
Sus ojos claros me miraron de arriba abajo, asegurándose por última vez de que realmente estaba ahí.
—No sé que te traerá por estos lares, soy el entrenador Myron, bienvenida al equipo, muchacha —se acercó con alegría para palmearme la espalda, a pesar de su delgadez, tenía una fuerza considerable—. Es un poco tarde, pero como aún no ha empezado la temporada, no creo que me den muchos problemas por un fichaje de última hora.
—¿Entonces estoy dentro?¿De centrocampista? —pregunté un poco sorprendida.
—Centrocampista ofensivo —aclaró, y un sonido de victoria sonó en mi cerebro—. Y capitana.
Eso último me hizo mirarlo como si se hubiese vuelto loco, había tardado casi cinco meses en ser titular en mi anterior equipo, y aquí me querían poner de capitana nada más llegar.
La sonrisa del señor no flaqueó, solo me dió un par de palmaditas más, y aunque pareció un simple gesto, a mi me pareció como si me estuviera consolando.
—Verás, este equipo es un pelín problemático —algo me había esperado, pero esto cada vez se ponía peor—. Así que me temo que ninguno quiere ser capitán.
Sin lugar a dudas aún estaba a tiempo de dar media vuelta y centrarme solo en mi trabajo, pero si después de desenterrar misterios ocultos y pelear contra delincuentes por supervivencia, iba a acobardarme por un grupo de personas de mi edad, era bastante humillante, por muy problemáticos que dijise su entrenador que eran.
—Sin problema, centro ofensivo y capitana —sonreí, al fin y al cabo yo solo quería jugar al fútbol para despejarme de mi trabajo—. Con el número doce, si puede ser.
Era una petición sencilla, siempre pedía el mismo número, aunque no siempre podía ser, pero con él sentía que jugaba mil veces mejor.
—Me parece estupendo —tenía la clase de voz que te hace sentir agusto enseguida—. ¿Quieres que arreglemos ya todos los asuntos del papeleo?
Asentí, porque cuando antes terminase con esos trámites, antes podría ponerme a buscar un hostal donde dormir.
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