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27/07/2022

Los hijos malditos (2022): Capítulo 2

Capítulo 2 (Versión antigua)

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Escena

Me gusta madrugar, es decir, me gusta los privilegios que aquello tiene, el poder pasear sola, sin gente apresurada, sin los molestos coches que cubren las calles; me gusta ese sentimiento de superioridad al ser la única que respira aquel aire, aunque aquello sea solo una ilusión.

Llegué temprano y entré, no había nadie así que me dirigí al jardín, supongo que en el fondo esperaba, más bien deseaba encontrarme a Elain, pero no de esa forma, no quería verla con los ojos enrojecidos, acurrucada contra la pared, con los hombros moviéndose a compás de los sollozos.

No advirtió mi presencia, eso me facilitó sentarme a su lado, y con voz suave dije lo que pensé que le ayudaría.

—Elain, estoy aquí, ¿necesitas hablar? —mi voz la asustó, levantó la cabeza con rapidez e intentó disimular, pero no tardó en entender que era inútil.

—Siento que tengas que verme así —susurró con la voz rota.

—No tienes que disculparte, estoy aquí para ayudarte.

Puse mi mano en su brazo, intentando transmitirle seguridad.

—Podemos hablar, si tú quieres.

Ella respiró hondo, en un intento de regular su respiración.

—¿Ves esas flores?

Todo estaba lleno de flores, pero supuse que se refería a las únicas que no brillaban, a las que la vida se les había escapado.

—Se han marchitado, lo he intentado todo, pero no he logrado salvarlas —me confesó con tristeza.

—Elain, no ha sido tú culpa —intenté consolarla.

—Lo sé, pero eran las favoritas de mi madre.

—Podemos volver a intentarlo, plantarlas de nuevo las dos juntas.

Mi proposición pareció llenarle el corazón, me miró con un brillo de emoción en sus vidriosos ojos y me abrazó con fuerza.

Jamás había sentido tanta necesidad en aquel acto, siempre me había parecido un gesto más, una forma de saludarse o despedirse; pero en aquel momento me pareció tan necesario, envolverla en mis brazos, hacerle sentir que estaba allí con ella.

—Gracias, de verdad, muchas gracias —soltó el abrazo algo avergonzada pero con una dulce sonrisa—. Debo parecerte idiota.

—Para nada, creo que eres un amor de chica —confesé mientras acariciaba sus brazos.

—Mañana lo tendré todo preparado —prometió con una sonrisa verdadera.

—Érika, que madrugadora —la voz de Cassandra disipó un poco la magia que allí se había creado.

—Buenos días, Cassandra.

—Elain siento robártela, pero hay trabajo que hacer.

—Está bien, no te canses mucho,¿si? —me acarició la cabeza.

Seguí a Cassandra fuera de aquel lugar, a lo que parecía un mercado, aunque algo sucio, me dió la lista de la compra y dinero, empezaba el trabajo de verdad.

Cuando lo tuve todo me sentía cansada, aquel sitio era más grande de lo que aparentaba, y al no tener carro, mis brazos comenzaban a quejarse.

Volví a la casa, allí se encontraba una chica a la que no conocía todavía, tenía una cicatriz similar a una cruz en uno de sus ojos, el cual mantenía cerrado, el otro era de un irreal tono morado; su cabello era negro con mechas del color de su ojo, lo llevaba revuelto y le llegaba hasta las caderas. Lo más extraño eran sus manos y pies, mientras en el resto de su cuerpo la piel era clara, en esas extremidades era de un color tan negro como las sombras. Temí que fuese tan antipática como Luciel, pero me sorprendió su actitud.

—Eres la chica guapa que ayuda a Cassandra, ¿verdad?¿te quedas a comer?, di que sí, Lila cocina de maravilla —exclamó al verme, luego tomó las bolsas y las llevó a la cocina, dejándome allí de pie, un poco sorprendida.

—Irina es así, no se le da demasiado bien hablar con la gente.

A mis espaldas una voz grave me hizo girar, encontrándome a un chico de lo más sorprendente. Se podía ver que tenía un gran parecido con la chica, su cabello corto de color negro con el flequillo morado, al igual que su ojo bueno, tenía la misma peculiaridad que ella, pero la piel negra llegaba hasta su codo y rodilla, aunque solo la mitad de su cuerpo era así.

La otra mitad podía rozar lo espantoso, desde el rostro hasta el pie, toda su piel estaba quemada, retorcida en una espantosa cicatriz que le cubría la mitad del cuerpo. En vez de un singular ojo morado, en ese lado tenía una esclerótica llena de venas rojas y negras. El labio había sido reducido a nada, dejando ver en ese lado una dentadura de dientes más afilados de lo normal.

Él pareció notar el impacto de su aspecto en mí, porque enseguida se disculpó e intentó alejarse, aunque algo tarde, reaccioné, tomando su mano, la que estaba quemada, su piel era rugosa al tacto.

—Lo siento, no quería hacerte sentir mal.

Se había quedado paralizado, no sabía si era por el contacto, o por mis palabras.

—Tranquila, es normal que te asuste mi aspecto —dijo al fin, sin mirarme a los ojos.

Quería arreglar el malentendido, que en ningún momento había sentido miedo ni rechazo hacia él, simplemente me había sorprendido.

—Aster, ¿se queda a comer o no?

La chica volvió, apoyándose en los hombros del que ahora sabía que se llamaba Aster.

—Asterito, dime qué la has convencido.

Dejé escapar una risa hacia aquel mote.

—Te he dicho mil veces que no me llames así —murmuró.

—¿Qué dices?¿Te quedas a comer o no? —insistió la chica que se llamaba Irina.

Vistos juntos se notaba que eran mellizos.

—Si no es mucha molestia me encantaría quedarme a comer —contesté al fin.

—Genial, Elain se va a alegrar, yo también y Asterito, aunque le cuesta expresarlo.

El mencionado suspiró.

—No entiendo tu energía, me agotas.

—Es agradable ver lo bien que os lleváis —reí.

Ellos me dedicaron curiosas miradas, la de Irina parecía expresar auténtica felicidad, y no tardó en levantarme por los aires subiéndome a sus hombros, cosa por la que grité, Aster, el cual me había dedicado una mirada de agradecimiento se acercó corriendo, diciéndole a Irina que me bajase, que iba a lastimarme.

—¿Hace falta ser tan ruidosos?

Una voz ya conocida hizo su aparición, Luciel parecía de peor humor que el día anterior.

—Ya viene la alegría de la huerta —bromeó Irina antes de bajarme y acariciarme la cabeza, gesto que sin ningún motivo me hizo sonrojar.

Aster se puso delante mío, acto que por supuesto no me pasó desapercibido, parecía querer alejarme de Luciel.

—Aster, ¿tú también? De la idiota de Irina me lo esperaba, pero pensaba que tú eras más sensato.

Fijándome bien, me di cuenta de que la lengua de Luciel era bífida como la de las serpientes, y tan negra como las extremidades de los mellizos.

—Luciel, aquí el único insensato eres tú, que te encierras en tu mundo y te niegas a ver más allá—la voz de Aster era cansada.

—¿Más allá?¿Acaso hay algo más allá?¿Dónde está?, lo único que veo es este lugar de mierda, donde nos escondemos como escoria que somos,si crees que hay algo más allá tienes un problema —las palabras eran como dagas, los hombros de Aster se hundieron, y las manos de Irina comenzaron a temblar

No pude mantener la boca cerrada, di un paso adelante.

—Que tú seas un idiota maleducado no convierte en escoria a los demás, ni siquiera a ti. Así que agradecería que dejases de odiarme sin conocerme y me dieses una jodida oportunidad.

Su ojo se encendió de rabia y avanzó hacia mí, Aster hizo ademán de apartarme, pero lo detuve, enfrenté al castaño, apenas a unos centímetros de mi rostro, a pesar de ser más alto que yo.

—¿Por qué crees merecerte una sola oportunidad? ¿Acaso crees que la sociedad nos la ha dado a nosotros? ¿No nos odia la gente simplemente por haber nacido? ¿No piensas que somos monstruos?

Cada pregunta me hacía encogerme más, pero le sostuve la mirada, tenía razón, en todo menos en lo último.

—No creo que seáis monstruos, pero con la mala hostia que tienes, podrías competir contra el más terrorífico dragón —no me di cuenta de lo que había dicho hasta que la cara de Luciel mostró absoluta sorpresa.

—Joder, eso si que ha sido poner a alguien en su lugar —interrumpió Irina, conteniendo la risa.

Luciel me dedicó una mirada de lo que podría confundirse con odio, pero era vergüenza, y tristeza, mucha tristeza.

Iba a disculparme, pero como la otra vez, simplemente desapareció con un portazo.

Aster suspiró y me invitó a pasar al comedor.

Una vez allí saludé a Cassandra y a Elain que ya estaban sentadas en la mesa.

Fui a colocarme en una silla cuando sentí algo bajo mis piernas y una voz se disculpó, a pesar de no haber nada allí.

—Lila, eso pasa cuando vas semidesnuda por la vida —se burló Irina, yo seguía igual de impactada, mientras un conjunto de ropa interior femenina flotaba por encima de la silla.

—Lila puede hacerse invisible, y tiene la extraña manía de ir sin ropa —explicó Elain ante mi desconcierto.

—Lo siento, de verdad —me disculpé tras asimilar la situación.

—No no, lo siento yo, debería ponerme ropa y volver a ser visible —dijo antes de correr fuera de allí, yo seguía algo descolocada.

—Puedes sentarte a mi lado, está libre —dijo Aster, no muy seguro de que fuera a aceptar.

Le sonreí al ocupar la silla, él me devolvió la sombra de una sonrisa.

—Siento mucho si te he asustado —se volvió a disculpar Lila una vez de vuelta, su cabello era largo rosa y ondulado, realmente precioso. Uno de sus ojos era rojo, y el otro carecía de iris y pupila. Manchas del color de su iris, como si de vitíligo se tratase, cubrían partes de su cuerpo y rostro, el resto de su piel era pálida. Se sentó en su sitio y siguió comiendo.

No podía dejar de mirarla, tratando de descubrir cómo podía hacerse invisible.

Ella notó mi mirada e hizo desaparecer su cabeza, yo solté una exclamación ahogada.

—Perdón, es la primera vez que veo a alguien invisible —me disculpé avergonzada por mi reacción, y acto seguido entendí la tontería que había salido de mis labios, cuando todos comenzaron a reír, Cassandra y Aster un poco más sutiles que las otras tres.

—Lo siento, soy estúpida.

—Está bien, que linda —dijo Lila intentando dejar de reír.

El resto de la comida pasó entretenido, con bromas sobre ver lo invisible y un curioso debate sobre si la chica siendo invisible debía llevar ropa o no.

Me dolió despedirme, pero me fuí pensando en que volvería al día siguiente.

Imagen de personaje

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