Escena
Frío, dolor, angustia, soledad,... Al solo pensar en ello una intensa sensación de rechazo inunda mi cuerpo y agradezco no tener que pasar por eso, agradezco tener un techo, una familia, amigos, ganas de reír, de vivir; agradezco ser yo.
Nunca había tenido que arrimarme a esas sensaciones, ni siquiera había conocido a alguien que las sufriera de forma intensa, solo algunos bajones que todos llegamos a tener.
No fue hasta que ella se puso en contacto conmigo que me di cuenta de todo, que pude ver lo que esas emociones causaban a las personas, que logré entender su calibre.
Era sábado de la primera semana de vacaciones veraniegas de aquel año, aún era joven, apenas restaba un curso para acabar la dichosa carrera y entrar de forma seria al mundo laboral.
En un par de días se acabaría mi contrato de trabajo en una pequeña cafetería, necesitaba buscar otro empleo, pretendía ahorrar un dinero durante el verano.
—Buenos días, Cassandra —saludé con alegría.
Era una señora peculiar, clienta habitual, siempre se sentaba en la misma mesa, pedía lo mismo y no solía entablar demasiada conversación.
—¿Lo de siempre?
Ella asintió y me puse manos a la obra.
Tenía el cabello negro pero canoso, lo llevaba en un moño alto y desordenado, tan casual como su forma de vestir, iba en su silla de ruedas, la cual utilizaba a falta de sus piernas.
—Aquí tiene, café doble sin azúcar y tostadas con aceite y sal.
Hasta su desayuno despertaba curiosidad, ¿qué clase de persona podía beberse eso?
—Gracias, Érika.
Me sorprendió que me llamase por mi nombre, era algo fuera de lo normal.
—De nada —le sonreí y seguí con mi trabajo.
Cuando pensé que se iría se acercó a donde yo me encontraba,y dejó un sobre.
Lo abrí una vez llegué a casa.
Me sorprendió leer lo que parecía una oferta de trabajo, estaba escrita a mano, con una letra pulcra y elegante.
Llamó mi atención de inmediato, me ofrecía una buena suma a cambio de ayudarla en su día a día, decidí hablar con Cassandra para aceptarla.
Al día siguiente acordamos una fecha y una hora, ya lo tenía todo listo.
Aparecí en el lugar acordado, llevaba un aspecto casual, tal y como me había pedido.
—Érika,¿has llegado bien?
Su voz me sacó del estado de shock en el que había entrado al visualizar aquel lugar, de camino allí ya me había dado cuenta de que aquel no era un buen barrio, pero eso ni siquiera se asemejaba a una casa, apenas era una especie de túnel, la entrada cubierta con sucias cortinas de las que acababa de salir ella.
—Si, las indicaciones eran muy claras —contesté, siguiendo su consejo de no dejarme llevar por las primeras impresiones.
—Menos mal —suspiró.
Me invitó a pasar, y eso hice, descubriendo que el interior no se veía mucho más acogedor. Un largo, oscuro y húmedo túnel se extendía con puertas a sus costados.
—Será mejor que los vayas conociendo poco a poco —supuse que se refería a sus hijos—. Ya están avisados de que estás aquí, así que sientete como en casa.
Eso resultaba algo difícil, teniendo en cuenta que más bien parecía el corredor de la muerte. Momentos después me di cuenta de cuán cruel había sido aquel pensamiento, después de todo aquello era el hogar de alguien.
—Genial, tengo muchas ganas de conocer a todo el mundo —contesté, aunque a decir verdad, la curiosidad era todavía mayor.
—Esa actitud es muy tierna —una voz femenina me hizo dar un saltito, ya que no había escuchado a nadie acercarse.
—Lo siento, no pretendía asustarte —se disculpó avergonzada.
—Está bien, no es tu culpa —reí, restándole importancia.
Su nombre era Elain, parecía ser una chica agradable, llevaba su corto cabello negro recogido en dos colitas a los lados. Cassandra la dejó a cargo de enseñarme aquel lugar.
—Al principio puede parecer algo difícil recordar dónde están las cosas, pero te acostumbrarás pronto, la tercera puerta de la derecha es el baño; la sexta del mismo lado la cocina y la última de la izquierda la zona común —me explicó antes de enseñármelas una por una, supuse que las demás puertas serían las habitaciones individuales.
—Genial, muchas gracias Elain.
—No es nada, estoy para lo que necesites —me sonrió, aunque hacía rato que sospechaba que no era real, tras sus ojos verdes se escondía demasiada tristeza.
—¿Las demás puertas son vuestras habitaciones? —pregunté para no dejar morir la conversación.
—Así es, y la última puerta, la que está en el centro, da a un jardín exterior, aunque no se si te gustan esas cosas —dijo lo último en un tono más bajo, como si no estuviese segura de querer decirlo.
—Me encanta la naturaleza, ¿me enseñarías el jardín?
—La bella y la bestia —interrumpió una voz, oscureciendo la mirada de Elain, no pude evitar soltar un bufido.
—No soy tan fea, joder.
Elain hizo una mueca entre la sorpresa y una sonrisa.
—Me pareces muy bonita —añadió dulcemente.
La piel del chico debía ser morena de nacimiento, pero estaba tan pálida que hacía un extraño contraste.
—Venga ya, Elain, ¿qué haces con esta?
El emisor de aquellas cortantes palabras me miró de arriba abajo con desprecio. Llevaba el cabello castaño algo largo, y el flequillo le cubría uno de sus ojos.
—¿Te molesta que te llame “esta”, niñita?
—Probablemente sea mayor que tú —contesté, intentando reprimir mis ganas de ponerlo en su lugar con un puñetazo.
—Luciel, no seas maleducado —le regañó Elain.
—Disculpe, no quería ofender a Tutankamon.
—¿Acaso sabes quién fue?
Aquello pareció dolerle más de lo que debió, ya que bajó su mirada de color limón y entró en una de las habitaciones de un portazo.
—Joder, no pretendía eso —suspiré.
—No te preocupes, Luciel es así, luego se le pasará —me tranquilizó la dulce Elain—. Ven, te enseño el jardín, es mi lugar seguro.
Me guió hasta allí de la mano, no pareció darse cuenta hasta que llegamos, la soltó de golpe y se disculpó avergonzada.
—Venga, no importa, no te preocupes por esas cosas.
El jardín era hermoso, contraste total con el resto del paisaje, se notaba el amor que le ponía Elain.
—Mira esto.
Se agachó frente a una flor, y mientras me explicaba todas sus características, me fijé en algo de lo que no me había percatado, dos pequeñas figuras puntiagudas de un verde más oscuro que sus ojos asomaban de su cabeza. No las había visto antes debido a que ella era algo más alta que yo, y a que sus mechones negros las ocultaban.
—Elain, ¿qué es esto? —le pregunté mientras pasaba los dedos por encima, ella puso su mano sobre la mía, y me dió la primera pista de aquello que allí pasaba.
—Érika, no somos personas normales, ni siquiera sé si somos humanos, esto no es lo más raro que verás aquí.
Supongo que esperaba otro tipo de reacción por mi parte, porque se sorprendió al escuchar mi siguiente duda.
—¿Para qué sirven?
—Se alargan, son como antenas, soy un bicho gigante —respondió entre risas, risas de verdad.
Me hizo una demostración, rodeando mi cuerpo con ellas y atrayéndome hacia su cuerpo, justo cuando la cercanía podía empezar a resultar incómoda me dió un tierno beso en la frente y me soltó.
—¿Has visto? Súper bicho.
—Siempre he querido conocer a una superheroína.
—¿Superheroína?
Su cara expresó duda por un momento, pero enseguida dejó paso a una sonrisa tonta, de esas que salen solas al recibir un cumplido al que no estás acostumbrada.
Pasé el resto del tiempo con ella en el jardín, compartiendo anécdotas.
Cuando comenzó a oscurecer me di cuenta de que debía irme a mi casa, así que me despedí con un beso en la frente, ganándome un sonrojo y una sonrisa por su parte.
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