Escena
Si me preguntasen qué es lo mejor de vivir sin ningún tipo de ser humano a kilómetros a la redonda, sin lugar a dudas diría poder hacer lo que me dé la gana.
Música de madrugada, por la noche, temprano por la mañana, música a cualquier hora del día; poder cantar a pleno pulmón y que nadie venga a reclamar nada.
¿Y lo peor?, eso también es muy sencillo de responder, el hospital más cercano está a dos horas en coche por una carretera ligeramente complicada y antigua.
Os estaréis preguntando qué fue lo que me llevó a vivir allí, imagino que muchos entenderéis mi decisión cuando diga que todo fue por dinero.
Para que podáis haceros una idea de mi caso, resumiré brevemente la estructura de mi familia.
Mis padres, un matrimonio feliz alejado de la poderosa familia de mi madre; mi tía, una mujer mayor, soltera, con mucho dinero y amor por la naturaleza; yo, la impresionante única heredera de toda la familia.
¿Sabéis por dónde va la cosa?
Mi madre, al decidir alejarse de su familia para estar con mi padre renunció a la herencia, pero resultó ser la única en tener hijos. Así que alguien debía heredar tales cantidades de poder y capital. Ahí es donde entro yo y mis ganas de aprovechar cada oportunidad, mi tía prometió dejarme todos sus bienes a cambio de cumplir su único deseo, cuidar su casa de campo.
Bajo la mirada de reprobación de mis progenitores y la de envidia de mi hermano menor, acepté.
Hacía unos pocos meses que había fallecido mi queridísima tía, y a sabiendas de que ya no era necesario seguir viviendo allí, me quedé.
Tenía todo lo necesario:
Electricidad gracias a unas enormes placas solares en el tejado, las cuales me dejaban sin luz cuando llovía o hacía mal día.
Internet, aunque fallaba más que la memoria de mi abuela, que sin saber cómo, aún vivía.
Agua, que ni siquiera me molesté en preguntar de dónde venía.
El único gran inconveniente era el tener que hacer dos horas de coche para ir a comprar, pero ya me había acostumbrado a comprar al por mayor y no solía faltarme de nada.
Todo se complicó aquella noche, más de lo que imaginé en un primer momento.
Había quedado con unos conocidos del pueblo más cercano para tomarnos un par de cervezas y echarnos unas risas, entre eso, salió la idea de hacer una estúpida prueba de valor, como si aún tuviésemos quince años.
Habían encontrado una trampilla sospechosa no muy lejos de mi casa, y querían investigarla, no me negué, por el simple hecho de tener que conducir menos luego.
Llegamos allí en coche, éramos siete, pero solo llevábamos tres vehículos, por lo que íbamos en grupos, supongo que todos planeábamos asustar a los demás.
Abrimos la trampilla a pedradas, como monos enfadados, realmente dábamos vergüenza, pero como íbamos borrachos a nadie parecía importarle.
Entramos alumbrando con las linternas de los teléfonos móviles, algunos se quejaban de la humedad, otros no querían reconocer lo mucho que se les había cerrado el culo y otros, simplemente tramábamos el primer susto.
Sentí miedo, de ese que te envuelve en un frío sudor.
-¿Lo habéis oído?-
Pregunté, asegurándome que no había sido mi estúpida imaginación.
-Érika, lo hemos escuchado todos, y tiene poca gracia-
Se quejó uno de los chicos, no había bebido demasiado, así que sus sentidos debían estar mejor que los del resto.
Les hice guardar silencio cuando volvió a oírse un sonido similar, parecía un lamento, realmente pensé que era una broma de alguno de estos estúpidos.
Algunos locos aceleramos el paso, para llegar al lugar de donde procedían los ruidos, otros, aterrorizados, prefirieron volver a subir.
Mis músculos se tensaron de forma espantosa cuando alcanzamos esa visión, era una reja, de aspecto lúgubre, y al otro lado, dos personas, llenos de suciedad, ojerosos, desnutridos, con claros signos de hipotermia, uno de ellos tenía los ojos cerrados, y no sabía ni siquiera si aún vivía.
-Vámonos-
Por poco le vuelo la cabeza al idiota que dijo aquello.
-¿Cómo vamos a irnos?-
Pregunté atónita ante aquella idea.
-Érika tiene razón, no podemos dejarlos aquí-
Apoyó otro, aunque temblando, se mantenía firme ante mi postura de ayudarles.
-Si están ahí es por algo, además, ¿Dónde piensas llevarlos?-
-A mi casa, creo tener los suficientes conocimientos para ayudarlos-
Dije, mi voz sonó convencida, a pesar de no estarlo.
-Haz lo que quieras, el problema va a ser tuyo, yo me largo-
Muchos lo siguieron, es más, solo quedamos dos, el chico que me había apoyado, del cual no recordaba ni el nombre.
-Tenemos que abrir esto-
Susurró.
No hay comentarios:
Publicar un comentario