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27/07/2022

Los hijos malditos (2022): Capítulo 4

Capítulo 4 (Versión antigua)

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Escena

No sé cuánto tardé en quedarme dormida, pero me despertó la voz de Luciel gritando desde el pasillo.

—Sois unos malditos egoístas y cobardes, ¿cómo os atrevéis a disfrutar de su compañía sin explicarle nada? ¿a dejarla sola y aterrorizada? Esto solo demuestra que ella no debería estar aquí, que no merecemos tenerla con nosotros.

—Luciel, por favor, deja de gritar, vas a despertarla —la voz de Elain sonaba temblorosa.

—¿Te da miedo enfrentarte a sus dudas? Pues imagina cómo fue enfrentarse a su miedo —Luciel sonaba cada vez más molesto—. Además, ya está despierta, Érika, escuchar a escondidas es de mala educación.

Salí al pasillo un poco descolocada, había chicos que aún no conocía, pero no pude ni fijarme en ellos, no cuando las palabras de Lila fueron como un puñal.

—Deberías largarte, y no volver jamás —no me miraba a los ojos, ninguno lo hacía, solo Luciel.

Fue todavía peor cuando Elain asintió con la cabeza, y los demás se mostraron de acuerdo.

—Luciel, sácala de aquí —murmuró Aster.

El mencionado me tomó del brazo, con fuerza pero sin lastimarme, una vez estuvimos fuera me zafé de él.

—¿Qué cojones está pasando?¿Qué tendrían que haberme explicado?

—Lo que somos —se pasó una mano por el cabello, le temblaba ligeramente.

—¿Qué sois?¿Qué pasó anoche? —tenía un millón de preguntas.

—Somos monstruos, y anoche uno de nosotros dejó al descubierto su verdadero ser —me miraba a los ojos, buscando algún tipo de reacción en mí que no iba a encontrar, estaba enfadada más que cualquier otra cosa.

—Escúchame, Luciel —se tensó al oír mi tono y su nombre—. Como vuelvas a decir una vez más que sois monstruos, pienso perseguirte día y noche hasta que cambies de idea.

—Si me persigues día y noche la que cambiará de idea serás tú.

—¿Si? ¿Tú crees? ¿Y qué te hace estar tan seguro?

—Que mato gente, y no solo eso, me bebo su sangre hasta dejarlos secos, y si aún sigo con hambre devoro su carne, eso es lo que soy, lo que somos, ¿sigues pensando que no somos monstruos? —le había costado un esfuerzo increíble decir cada una de esas palabras, su ojo estaba húmedo y sus manos temblaban.

Me quedé callada, en shock, no sabía cómo reaccionar ante aquello.

—Me alegra saber que has entrado en razón, ya puedes irte —se giró para largarse de allí, pero yo fui más rápida y le abracé por la espalda. Todo su cuerpo se tensó.

—Luciel, ¿sois conscientes cuando matáis? —parecía una pregunta estúpida, pero para mí hacía una gran diferencia.

—¿Qué cambia eso?

—Lo cambia todo.

—¿Qué importa que no seamos conscientes?¿Qué un día de repente nos despertemos rodeados de sangre y vísceras sin saber cómo hemos llegado allí? Eso solo nos hace más peligrosos para ti, podríamos hacerte daño, incluso matarte sin quererlo.

Lancé un suspiro al aire, sabía que corría peligro si me quedaba, pero igualmente sabía que si me iba jamás podría perdonármelo.

—Luciel, no quiero irme, no quiero dejaros, y te lo voy a repetir hasta que me quede sin voz, no sois monstruos.

—¿Por qué tienes que ser tan cabezota? ¿En serio no estás aterrorizada?

—La verdad es que estoy enfadada, no contigo, sino con los demás, por lo de anoche. —me sorprendió reconocerlo, pero con Luciel sentía que no podía guardarme nada.

—Entonces ya estamos de acuerdo en algo.

Seguía abrazándolo por la espalda, así que lo solté y giré para verlo de frente.

—No pienso irme, así que no intentes convencerme ni echarme por la fuerza.

—No pensaba hacer nada de eso, eres aún más cabezota que yo y para ser un pitufo intimidas bastante.

Fruncí el ceño ante el insulto y le di un golpe en el hombro.

—No soy un pitufo, soy un minion, primer aviso —bromeé.

Él pareció avergonzado.

—No se que es un minion.

Yo sonreí ante la perspectiva que se abría ante mí.

—Me acabas de dar la excusa perfecta para obligarte a hacer un maratón de películas conmigo.

Antes de que pudiera darme una respuesta digna de Luciel, alguien me placó al suelo, quedando con su cara a escasos centímetros de la mía.

Tenía un hermoso cabello rojo, formado por perfectos bucles.

Sus ojos eran negros y profundos, sus facciones masculinas y elegantes.

Sus labios bien formados, y sus mejillas completamente rajadas, como si le hubiesen abierto la boca tan fuerte que se le hubiesen rasgado.

El corte irregular comenzaba en las comisuras de sus labios y terminaba a los lados de su mandíbula.

Tenía la boca abierta, enseñando unos afilados y letales dientes.

—Como no te largues de aquí pienso devorarte hasta que no quede nada tuyo —gruñó, su nariz rozando con la mía.

En cualquier otra situación me lo habría quitado de encima de un rodillazo, pero no quería hacerle daño, así que opté por la segunda opción.

Besé con suavidad sus labios.

Se levantó tan rápido que casi cayó de culo, tapándose la boca con ambas manos.

—¿Por qué has hecho eso? —preguntó completamente turbado.

—Creo que he malentendido lo de devorar —bromeé.

Pero al chico no pareció hacerle mucha gracia, no como a Luciel, que estaba apunto de romper en carcajadas.

—Oye, solo era una broma, no quería incomodarte, no de esta forma —me disculpé al ver que el chico seguía cubriendo su boca y su mirada parecía pérdida.

—Debe haber sido horrible —murmuró.

—¿Qué? No, claro que no ha sido horrible, tienes unos labios súper suaves —ahora la cara del chico se había puesto del color de su pelo.

—Érika, deja en paz a Byron, está a punto de sufrir un cortocircuito —bromeó Luciel.

—¿No tenías que echarla, por qué sigue aquí? —al mencionado no parecía hacerle ninguna gracia la situación, pero ya no estaba tan afectado por el beso.

—Parece ser que está como una chota y no quiere irse.

—¿Pero se lo has contado todo? —Byron no se lo parecía creer, me miraba escéptico.

—Creeme que si.

—Y de forma bastante gráfica —añadí.

—¿Estás loca?¿Cómo vas a querer quedarte? —me agarró de los brazos para mirarme a los ojos, luego pareció arrepentirse y me soltó, caminando en círculos.

—Byron —escuchar su nombre en mis labios le hizo mirarme asombrado—. Quiero quedarme porque me agradais y no podría perdonarme dejaros por algo que no es vuestra culpa.

—¿Y qué que no sea nuestra culpa? Lo de anoche sí lo fue.

—En eso estoy de acuerdo, sinceramente, estoy algo molesta.

—¿Les vas a comparar con dragones o a recordarles el bajo nivel educativo que tienen? —me giré hacia Luciel para disculparme por esos comentarios, pero su sonrisa traviesa me dio a entender que no me guardaba rencor por ellos.

—¿De verdad te vas a quedar? —Byron estaba alucinando.

—De verdad de la buena —le sonreí—. Pero, quiero que me expliquéis bien lo de anoche, y qué hacer si se vuelve a repetir.

El pelirrojo miró a Luciel, incómodo, así que este tomó la palabra.

—Ya te he dicho que a veces no podemos controlar nuestros impulsos y nos convertimos en mons —mi mirada láser le hizo cambiar de palabra—. y nos volvemos salvajes y agresivos, y buscamos sangre.

Hizo una pausa, era evidente que no le gustaba hablar del tema, era más que comprensible.

Le tomé la mano con suavidad y asentí con la cabeza para que continuara, Byron solo miraba al suelo.

—Anoche, Kardian, bueno, él es el más peligroso de nosotros, porque tiene un físico muy poderoso y es al que más le cuesta controlarse, sobre todo cuando huele personas a las que no está acostumbrado; se escapó y casi la lía.

—¿Se escapó de dónde?¿Lo tenéis encerrado? —pregunté, fuese o no peligroso, me entristecía la idea de que tuviesen a su hermano encarcelado.

—Solo desde que llegaste, por si acaso —contestó Byron con algo de rencor. Se me cayó el alma a los pies.

—Lo cual me parece una soberana gilipollez, anoche no fue a atacarte a ti, si no a dos desconocidos que se habían acercado demasiado a la casa, no les llegó a hacer nada, por si te lo preguntas.

—Si él no es peligroso para mí, ¿podríamos sacarlo?

—Ver la cara de los demás cuando se enteren de que no te has ido y encima estás con Kardian va a ser épico —la sonrisa de Luciel era digna del más malévolo villano.

—Estáis los dos locos —bufó Byron, por fin tranquilo en mi presencia. —Pero, Érika, no me caes mal.

—Me lo tomaré como el más grande cumplido.

—Más te vale —dejó asomar una sombra de una sonrisa.

Luciel encaminó la marcha hacia la habitación donde estaba Kardian, al menos no era tan lúgubre como me esperaba, era una celda, pero estaba limpia, había una cama y un pequeño cuarto de baño.

Sentado en el suelo había un chico altísimo y musculoso, la mitad de su pelo era rubio rojizo y la otra negra, lo llevaba por los hombros.

Sus ojos eran color miel, parecidos a los míos, pero el ojo que estaba en el lado del cabello negro, tenía la esclerótida negra y la pupila alargada.

Cuatro cicatrices de aspecto doloroso le cruzaban ese ojo, además de muchas otras que le daban un aspecto tétrico a sus labios.

Por último, la mejilla de ese lado estaba destrozada, y dejaba ver sus dientes, tan afilados y letales como los de Byron y Aster.

Tenía las muñecas y los tobillos encadenados a la pared, con suficiente cadena para poder moverse por toda la estancia.

—Lo siento —susurré, Byron y Luciel me miraron con una mezcla de emociones extraña, pero Kardian solo ladeó la cabeza y susurró con la voz más profunda y grave que había escuchado.

—No tienes nada de lo que disculparte, yo siento lo de anoche.

Me giré hacia Luciel para pedirle que abriese los barrotes, pero él ya se me había adelantado y se dirigió a quitarle las esposas.

Kardian lo miró inquisitivo.

—Si no eres peligroso para ella no tiene sentido que sigas aquí —explicó el castaño.

—Si lo soy.

—No parece que vayas a perder el control —comenté.

Él guardó silencio.

—Si te lastimo…

—No vas a lastimarme, te lo prometo, sé defenderme.

Byron bufó.

—No tendrías nada que hacer contra Kardian, es tres veces más grande que tú, ni siquiera podrías conmigo.

Levanté una ceja ante lo que me sonó a un reto.

—¿Quieres que lo comprobemos?

—Yo quiero ver eso —comentó Luciel, entretenido.

—¿Puedo ir? —preguntó Kardian, inseguro.

—Claro, y así ves cómo machaco a este pelirrojo.

—En tus mejores sueños.

Salimos de esa jaula, y nos dirigimos a la sala común, todos los demás parecían estar en sus habitaciones.

—Me pido ser árbitro —bromeó Luciel.

—Me parece bien —contesté yo.

Byron se puso enfrente mío, nos miramos durante unos segundos y se lanzó a por mi, lo esquivé y le hice la zancadilla, aproveché su tropiezo para tirarlo al suelo pero él rodó y acabó encima mío.

—¿Qué me dices, chica humana?

Lo volqué con un fuerte movimiento de caderas e imitando su tono le susurré.

—¿Qué me dices tú, chico bestia?

No le molestó mi comentario, solo sonrió con maldad y me hizo caer de nuevo. Así estuvimos un rato, hasta que Kardian, sostuvo una caja por encima de su cabeza y con voz seria dijo.

—Juguemos al twisted.

Luciel y Byron parecían a punto de negarse, pero no iba a permitir que le quitaran la ilusión al grandullón.

—Claro que sí, será divertido.

Y tanto que lo fue, la flexibilidad de Luciel era casi tan nula como la mía, Kardian era tan alto que casi no cabía en la sábana y Byron no paraba de picarnos a todos.

Al final me dejé caer encima del castaño, con un ataque de risa, mientras trataba de aguantar las carcajadas.

—Sois como troncos, no os doblais nada —bromeó Byron.

—Tal vez tú eres tan blando que te doblas demasiado —le contestó Luciel, con una mano en mi cintura.

—Creo que Érika se va ahogar —comentó Kardian con ese aire entre serio y confuso que lo caracterizaba.

Yo no podía dejar de reír, hacía tiempo que no lo hacía con tantas ganas.

Luciel apretó un poco mi cintura, mientras yo empezaba a calmarme.

—Sois la leche —dije cuando por fin recuperé mi sentido del habla.

—¿Por qué sigue aquí? —la voz de Elain apenas fue un susurro trémulo.

—Porque quiere.

La respuesta cortante de Luciel llegó antes de que yo pudiese abrir la boca.

—Has dicho que se lo ibas a contar.

—Y lo ha hecho, me lo ha contado todo

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