Escena
Esa mañana el gallo de la familia Barbosa cantó media hora tarde. Aunque la aldea Blanca, con sus casitas achaparradas y sus calles serpenteantes, despertó tan temprano y energéticamente como siempre.
—Buenos días, Lia, ¿cuántos huevos te pongo hoy? —el señor Barbosa me saludó con alegría mientras cogía la cesta que llevaba en las manos, como todas las mañanas.
—Buenos días, serán tres docenas, por favor —contesté con educación.
Cargar con tantos huevos era un mal rato que odiaba pasar, pero decirle que no a mi vecino me había sido imposible.
Caminé por las empinadas calles de la aldea, luchando contra el viento que trataba de cubrirme los ojos con mi propio cabello rubio.
—Muchas gracias, muchacha, no sé qué haríamos sin ti —me dijo la mujer cuando por fin pude deshacerme de los huevos dejándolos en sus manos.
Ni siquiera pude pensar qué tarea quitarme primero de encima antes de que otro vecino me interceptara.
—Señorita Reigadas, qué gusto verte por la mañana, ¿podrías hacerme un favor?
—Por supuesto, señor Blanco, ¿qué necesita?
Sabía perfectamente que tenía todo el día ocupado; aceptar más favores no me convenía, pero tal vez un favor más no sería para tanto.
—Ayer me hice daño en la muñeca, ¿podrías ordeñar a las vacas por mí? —dijo el señor mientras me enseñaba la muñeca vendada.
—Por supuesto, no hay ningún problema.
Al terminar de ordeñar a las vacas me dirigí a casa de los Busto, porque había prometido ayudarles a limpiar el jardín, aunque el señor Busto era tan autoritario que más bien había sido una orden.
—¡Lia, buenos días! —una voz masculina hizo que me detuviese y mirara hacia atrás, preocupada por si era otro vecino a punto de pedirme un favor, pero me relajé al descubrir que era un joven castaño con la sonrisa más alegre del mundo.
—Buenos días, Eider —le devolví el saludo con alegría, era el único que podía cambiar mi humor de este modo.
—Te veo agobiada, ¿otra vez se están aprovechando de ti estos vecinos sanguijuela? —la sonrisa del chico flaqueó un poco.
—Claro que no, solo les echo una mano —protesté, en el fondo todos eran buenas personas—. Y no los llames así, maleducado.
—Intentaría hacerte entrar en razón, pero sería perder tiempo —suspiró Eider—. ¿Por qué no mejor te ayudo con algo?
—No hace falta, tú ya tienes bastante trabajo con el campo de tu familia.
—Créeme, si juntamos todas las tareas que tengo que hacer yo para mi familia con las que haces tú para todo el pueblo me ganas con creces.
—Es igual, Eider, no tengo tiempo para discutir contigo, nos vemos luego —me despedí con una sonrisa educada, tentada de aceptar su ayuda, pero sabía que no debía ser una carga para los demás, y mucho menos para él.
Terminé de limpiar el jardín de los Busto, recogí las naranjas de los Varela, esquilé las ovejas de los Costoya y di de comer a los caballos de los Casas.
Cuando me di cuenta, se había pasado la hora de comer, pero corrí a casa de todas formas, sabiendo que mi hermano mayor no comería sin mí.
—Ezra, a comer —dije al asomar la cabeza al taller de su hermano. Él pareció no oírme, estaba demasiado absorto en su último proyecto, un juego de sillas con forma un tanto extravagante—. Ezra, hay que comer.
Él levantó la cabeza de su mesa de trabajo, y la miró con sus ojos color avellana, idénticos a los de ella.
—Lia, ¿es ya mediodía? —preguntó confuso, su hermano vivía en las nubes y solo se preocupaba por sus proyectos y por ella.
—Ya ha pasado mediodía —respondí, y no pudo evitar soltar una risa al ver la cara de sorpresa de su hermano.
—¿Tú has comido ya?
—He venido a buscarte para comer juntos.
Él se pasó una mano por el cabello rubio, un tono más oscuro que el de ella, sintiéndose culpable de que su hermana estuviese allí perdiendo el tiempo con él en vez de comer.
—Hoy me tocaba a mí hacer la comida, ¿no? —la voz de Ezra tenía un deje de disculpas—. ¿Quieres que vayamos a comer a alguna taberna?
—No te preocupes, ya he hecho yo la comida —contesté mirando a mi hermano con una sonrisa amable.
—Lia, me tocaba a mí, no puedes cargar tú con todo, y mucho menos con mis despistes —a Ezra le molestaba que su hermana tuviese que cuidar de él y no al revés—. Si esto vuelve a pasar prométeme que no harás la comida y me dejarás llevarte a una taberna.
—Está bien, te lo prometo —ella no parecía molesta, algo que odiaba Ezra, Lia casi nunca se enfadaba y se mostraba de acuerdo con todo.
—He preparado huevos revueltos con un poco de carne de ternera —explicó Lia mientras servía un plato para ella y otro para Ezra, mientras él ponía la mesa y llenaba de agua los vasos.
—No está nada, pero nada mal —exclamó—. ¿Dónde has conseguido los huevos?
—Me los ha regalado el señor Barbosa —Lia sonrió con alegría, feliz de que a su hermano le gustase la comida.
Ezra iba a comentar algo más, pero unos golpes en la puerta hicieron que Lia se levantara a abrir.
—No pensaba que me iba a abrir tan bella dama —bromeó Eider apoyado en el umbral de la puerta—. Yo venía a por el orco aquel.
Lia soltó una carcajada ante las ocurrencias del castaño, y se sonrojó un poco por el cumplido.
—¿Qué quieres, Eider? —preguntó Ezra, ajeno a la broma de su amigo.
—¿Te apetece ir esta noche a tomar unos tragos al pueblo de al lado? —luego miró a Lia—. Tú también puedes venir, ya tienes edad para beber.
Ezra esperó a que su hermana contestase.
—Tengo mucho trabajo que hacer y no sé a qué hora terminaré, tal vez a la próxima —se disculpó—. Ezra, tú sí deberías ir, te vendrá bien descansar un rato.
Seguía sin estar muy seguro, pero una mirada a la sonrisa de su hermana le confirmó que realmente estaba bien ir.
Eider se despidió encantado y los hermanos terminaron de comer.
—Ezra, yo tengo que seguir trabajando, supongo que no nos veremos hasta mañana —dijo Lia antes de salir de casa—. Por favor, tened cuidado y no bebáis demasiado.
—Tranquila, cuidaré de Eider, sabes que yo no suelo emborracharme.
Lia sonrió al recordar al castaño borracho en la última cena que hicieron juntos, no paraba de contar anécdotas y chistes malos; al día siguiente tenía agujetas de tanto reír.
Salió de casa y corrió al campo de otros vecinos, puesto que había prometido ayudarles a quitar las malas hierbas. Cuando terminó ya estaba anocheciendo, pero aún debía regar y arreglar las flores de la casa de al lado.
Cuando llegó a su propia habitación ya era entrada la noche. Pensó en que su hermano y Eider debían estar pasándoselo bien en la taberna y se arrepintió de haber rechazado la oferta, pero el cuerpo le pesaba y ni siquiera tenía hambre, así que se desplomó en la cama y durmió hasta la mañana siguiente.
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