Escena
Para poder llegar a tiempo a casa de Cassandra debía despertar a las cinco y media de la mañana, tampoco me suponía un problema extremo, ya que me gustaba madrugar, es decir, me gustaban los privilegios que aquello tenía, el poder pasear sola, sin gente apresurada, sin los molestos coches que cubrían las calles; me gustaba ese sentimiento de superioridad al ser la única persona que respiraba aquel aire, aunque aquello fuera sólo una ilusión.
Llegué igual de temprano que el día anterior, saludé a Cassandra y me dirigí al jardín, supongo que en el fondo esperaba, más bien deseaba encontrarme a Elain, pero no de esa forma, acurrucada contra la pared, con los hombros moviéndose a compás de sus sollozos.
No advirtió mi presencia cuando me senté a su lado, y con voz suave dije lo que pensé que le ayudaría.
—Elain, estoy aquí, ¿necesitas hablar? —mi voz la asustó, levantó la cabeza con rapidez e intentó disimular, pero no tardó en entender que era inútil.
—Siento que tengas que verme así —susurró con la voz rota.
—No tienes que disculparte, no es tu culpa sentirte así.
Puse mi mano en su brazo, intentando transmitirle seguridad.
—Podemos hablar, si tú quieres.
Ella respiró hondo, en un intento por regular su respiración.
—¿Ves esas flores?
Todo estaba lleno de flores, pero supuse que se refería a las únicas que no brillaban, a las que la vida se les había escapado.
—Se han marchitado, otra vez, las he plantado y cuidado de mil formas diferentes, lo he intentado todo, pero nunca lo logro—me confesó con tristeza—. Talvez suena como una tontería, pero eran las favoritas de mi madre biológica.
—Podemos volver a intentarlo, plantarlas de nuevo las dos juntas, no creo que sea ninguna tontería.
Sabía que no lloraba solo por las flores, eso solo había sido una gota más en un vaso ya derramado, pero si lograr cultivarlas le traía algo de paz a su corazón, yo con gusto me desvelaría buscando en internet cómo hacerlo.
No entendía porqué me preocupaba tanto por estos recién conocidos, tal vez por que me trataban con dulzura y amabilidad a pesar de la tristeza y soledad que se leía en sus ojos.
Mi proposición pareció llenarle el corazón, me miró con la emoción latente en su rostro y me abrazó con fuerza.
—Gracias, de verdad, muchas gracias —soltó el abrazo algo avergonzada, pero con una dulce sonrisa—. Debo parecerte idiota.
—Para nada, creo que eres un amor de chica —confesé mientras acariciaba sus brazos para reconfortarla.
—Mañana lo tendré todo preparado —prometió con una sonrisa de las de verdad, de las que hacían que se le entrecerrasen los ojos y se le arrugara ligeramente la nariz.
Al igual que el día anterior, pasamos el resto del tiempo hablando, le conté aquella vez que me comí una lombriz porque necesitaba saber a qué sabía, la vez que me choqué contra una farola por estar mirando el escaparate tan curioso de una tienda, las muchas veces que me he lanzado de cabeza a ríos y lagos que ni siquiera sabía cuánto cubrían, y los golpes que me he llevado por ello, cuando robé un chicle en un bazar por conocer lo que se sentía, y luego volví a pagarlo e incluso mencioné un poco por encima el hecho de estuve meses observando a mi vecino porque había teorizado que tenía una doble vida secreta, pero resultó no ser así.
Si el día anterior solo la mitad de las risas habían sido verdaderas, yo estaba radiante de orgullo porque en esa ocasión lo habían sido todas.
Cuando llegó Jake repetimos la secuencia del día anterior, pero esta vez me dejó despedirme de Elain con un beso en la mejilla que me devolvió gustosa.
—Elena, anoche Elain estaba muy muy triste, ni siquiera vino a cenar —me confesó el pequeño, una vez estuvimos en su habitación—. Así que gracias por hacerla reír, a nosotros nos cuesta mucho conseguirlo.
—Espero poder hacerla reír mucho más de ahora en adelante —contesté, totalmente sincera—. Y a ti también, caballero Cangrejito.
Él sonrió y empezamos las clases de ese día, retomamos las sumas, que tan bien se le habían dado el día anterior.
—¿Y qué pasa cuando los números son más grandes que el nueve? —me preguntó curioso.
—Eso lo veremos un poco más adelante, hoy voy a explicarte los símbolos de mayor que y menor que.
Luego pasamos a hablar sobre los sentidos, el gusto, el tacto, el olfato, la vista y el oído, fue un repaso general, ya que los siguientes días iríamos profundizando, de deberes debía encontrar un objeto para representar cada uno.
Por último leímos entre los dos un relato infantil, que luego comentamos y del cual le hice algunas preguntas para comprobar su comprensión lectora.
Era muy inteligente y maduro, pero sabía perfectamente a qué se debía eso, que probablemente Jake había tenido que crecer demasiado rápido, que no había tenido tiempo de ser un niño infantil e ignorante, y eso me dolía, me dolía demasiado.
—Jake, necesito ir al baño, ¿me esperas aquí?
Él asintió mientras terminaba una ficha sobre animales de la sabana.
Al salir de la habitación me topé con una chica a la que no conocía todavía, una cicatriz enorme le cruzaba la mitad del rostro, pasando por encima de su ojo cerrado, el otro era de un hermoso color miel; su cabello era negro, rizado y le llegaba hasta las caderas. Enseguida encontré su peculiaridad, sus manos eran de un negro azabache, un tono tan oscuro que parecían absorber la luz, el resto de su piel era clara, practicamente pálida.
Temí que fuese tan antipática como Luciel, pero me sorprendió su actitud.
—Eres la chica guapa que le está dando clases a Jake, ¿verdad?¿Te quedas a comer?, di que sí, Lila cocina de maravilla —exclamó al verme, yo la miré un poco sorprendida.
—Irina es así, no se le da demasiado bien hablar con la gente.
Una voz grave me hizo girar, encontrándome a un chico de lo más sorprendente. Se podía ver que tenía un gran parecido con la chica, sus ojos eran del mismo color, al igual que su cabello, aunque mucho más corto; tenía la misma peculiaridad que ella, pero la piel negra llegaba hasta sus codos.
Por un lado era hermoso, pero por otro lado podía rozar lo espantoso, la mitad izquierda de su cuerpo estaba cubierta por líneas negras similares a venas, y la esclerótica de ese ojo era más oscura que su pupila. Pero lo que más me impactó fue la gruesa cicatriz que surcaba su garganta, como si hubieran tratado de cortársela.
Él pareció notar el impacto de su aspecto en mí, porque enseguida se disculpó e intentó alejarse, tardé más de lo que debía en reaccionar, pero llegué a tiempo de tomar su mano.
—Lo siento, no quería hacerte sentir mal.
Se había quedado paralizado, no sabía si era por el contacto, o por mis palabras.
—Tranquila, es normal que te asuste mi aspecto —dijo al fin, sin mirarme a los ojos.
Quería arreglar el malentendido, que en ningún momento había sentido miedo ni rechazo hacia él, simplemente me había sorprendido.
—Aster, ¿se queda a comer o no?
La chica se acercó, apoyándose en los hombros del que ahora sabía que se llamaba Aster—. Asterito, dime qué la has convencido.
Dejé escapar una risa ante aquel diminutivo.
—Te he dicho mil veces que no me llames así —murmuró.
—¿Qué dices?¿Te quedas a comer o no? —insistió la chica, que se llamaba Irina.
Vistos juntos se notaba que eran mellizos.
—Si no es mucha molestia me encantaría quedarme a comer —contesté al fin.
—Genial, Jake y Elain se van a alegrar, yo también y Asterito, aunque le cuesta expresarlo.
El mencionado suspiró.
—Irina, me cuesta seguirte el ritmo, es agotador.
—Es agradable ver lo bien que os lleváis —reí.
Ambos me dedicaron miradas de curiosidad, e Irina no tardó en levantarme por los aires y hacerme girar, acto por el cual grité, Aster se acercó corriendo, diciéndole que me bajase, que podía lastimarme.
—¿Hace falta ser tan ruidoso?
Una voz ya conocida hizo su aparición, Luciel parecía de peor humor que el día anterior.
—Ya viene la alegría de la huerta —bromeó Irina antes de bajarme y acariciarme la cabeza, gesto que sin ningún motivo me hizo sonrojar.
Aster se puso delante mío, acto que por supuesto no me pasó desapercibido, parecía querer alejarme de Luciel.
—Aster, ¿tú también? De la idiota de Irina me lo esperaba, pero pensaba que tú eras más sensato.
Fijándome bien, me di cuenta de que la lengua de Luciel era bífida como la de las serpientes, y tan negra como las extremidades de los mellizos.
—Luciel, no tengo ganas de pelear por tonterías —la voz de Aster sonaba cansada.
—Tontería es lo que estáis haciendo al relacionaros con ella —Luciel parecía escupir cada de sus palabras.
—¿Por qué? Elena es muy dulce —dijo Irina, sin verse afectada por la tensión del ambiente—. Aún no la conozco mucho, pero después de lo que me han contado Elain y Jake me muero de ganas de hacernos amigas.
—Tú eres solo una idiota que no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor —Irina ignoró esas palabras y solo ladeó la cabeza, divertida por la situación, en cambio Aster se tensó y miediendo sus palabras le dijo a Luciel con voz tensa:
—Aquí el único idiota eres tú, que te encierras en tu burbuja y te niegas a ver más allá.
—¿Más allá?¿En serio piensas que hay algo más allá?¿Dónde está?, lo único que veo es este lugar de mierda, donde nos escondemos como escoria que somos, si crees que hay algo más allá tienes un problema —esas palabras parecieron dar en el clavo ya que los hombros de Aster se hundieron, y las manos de Irina, quien hacía un momento se divertía con la discusión, comenzaron a temblar
No pude mantener más la boca cerrada y di un paso adelante, harta de que hablaran como si yo no estuviera presente.
—Que tú seas un idiota maleducado no convierte en escoria a los demás, ni siquiera a ti. Así que agradecería que dejases de odiarme sin conocerme y me dieses una jodida oportunidad.
Su ojo se encendió de rabia y avanzó hacia mí, Aster hizo ademán de apartarme, pero lo detuve, enfrenté al castaño, a apenas unos centímetros de mi rostro, a pesar de ser más alto que yo.
—¿Por qué crees merecerte una sola oportunidad? ¿Acaso crees que la sociedad nos la ha dado a nosotros? ¿No nos odia la gente simplemente por haber nacido? ¿No piensas que somos monstruos?
Cada pregunta lograba que mi corazón se encogiera un poco más, por la verdad que había en sus palabras y por la vergüenza, soledad, miedo y tristeza que leí en su mirada, pero mantuve mis ojos en su rostro, sin retroceder ni un milímetro, tenía razón en todo lo que había dicho, en todo menos en lo último.
—No creo que seáis monstruos, pero con tu mal humor, podrías competir contra el más terrorífico dragón —no me di cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que la cara de Luciel mostró absoluta sorpresa.
—Eso sí que ha sido poner a alguien en su lugar —interrumpió Irina, conteniendo la risa.
Luciel me dedicó una mirada de lo que podría confundirse con odio, pero era tristeza, mucha tristeza.
Iba a disculparme, pero como la otra vez, simplemente desapareció con un portazo.
Aster suspiró y acto seguido Jake corrió a abrazarme.
—¿No estabas esperando en tu cuarto, mi pequeño caballero?
—Os escuché gritar y venía a protegerte, pero eres muy valiente y puedes hacerlo sola.
—Elena es la persona más valiente del mundo, no le teme ni a los dragones, ni a los fantasmas, ni a lo Lucieles enfadados —bromeó Irina.
Jake y yo dejamos escapar una carcajada. Cuando levanté la cabeza Aster nos estaba mirando con una expresión extraña en el rostro, pero en cuanto notó que lo había visto señaló el comedor con la cabeza.
—A comer, a comer —canturreó Irina.
—Lady Rinocabradragón, tienes que irte ya a casa, ¿no? —preguntó el pequeño, un poco triste por tener que despedirse.
—No se si quiero saber de dónde viene ese apodo —rió Irina, quien, por suerte, a diferencia de Elain, no fingía su sonrisa—. Pero Elena se queda a comer.
Jake me abrazó con fuerza, feliz de pasar más rato juntos.
Todos pusieron rumbo al comedor, pero yo tuve que excusarme porque aún no había podido ir al aseo.
Al salir me dirigí hacia donde habían ido los demás y entré, me decepcionó un poco ver que solo estaban los que ya conocía.
Me senté en una silla y al instante boté hacia arriba al sentir algo bajo mis piernas, una voz se disculpó, a pesar de no haber nadie allí.
—Lila, eso pasa cuando vas semidesnuda por la vida —se burló Irina, yo seguía igual de impactada, mientras un conjunto de ropa interior femenina flotaba por encima de la silla.
—Lila puede hacerse invisible, y tiene la extraña manía de ir sin ropa —explicó Elain ante mi desconcierto.
—Lo siento, de verdad —me disculpé tras asimilar la situación.
—No no, lo siento yo, debería ponerme ropa y volver a ser visible —dijo antes de correr fuera de allí, yo seguía algo descolocada.
Jake dejó escapar una risa, divertido ante la situación.
—Puedes sentarte a mi lado, está libre —dijo Aster, no muy seguro de que fuera a aceptar.
Le sonreí al ocupar la silla, él me devolvió la sombra de una sonrisa.
—Siento mucho si te he asustado —se volvió a disculpar Lila una vez de vuelta, su cabello era largo rubio y ondulado, realmente precioso. Sus ojos eran de color azul. Manchas del color de sus iris, como si de vitíligo se tratase, cubrían partes de su cuerpo y rostro, esa debía ser su peculiaridad, además de hacerse invisible, el resto de su piel era pálida. Se sentó en su sitio y siguió comiendo.
No podía dejar de mirarla, tratando de descubrir cómo podía hacerse invisible, era sin duda lo más extraño de aquella casa, por ahora.
Ella notó mi mirada e hizo desaparecer su cabeza, yo solté una exclamación ahogada.
—Perdón, es la primera vez que veo a alguien invisible —me disculpé avergonzada por mi reacción, y acto seguido entendí la tontería que había salido de mis labios, cuando todos comenzaron a reír, Cassandra y Aster un poco más sutiles que los demás.
—Lo siento, soy estúpida.
—Está bien, que linda —dijo Lila intentando dejar de reír.
El resto de la comida pasó entretenido, con bromas sobre ver lo invisible y un curioso debate sobre si la chica siendo invisible debía llevar ropa o no.
Me dolió despedirme, pero me fuí pensando en que volvería al día siguiente.
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