Escena
Era un sábado soleado, típico en la época del año en la que nos encontrábamos, aún era joven y acababa de terminar las clases del penúltimo año de universidad, apenas restaba un curso para acabar la dichosa carrera y entrar de forma seria al mundo laboral, o al menos intentarlo.
Hasta que eso ocurriese debía ir saltando de trabajo temporal en trabajo temporal, esforzándome al máximo para poder vivir como una adulta independiente.
Por desgracia, ese sería mi último día en la pequeña cafetería donde llevaba un par de meses trabajando, el camarero habitual se había recuperado de su baja y yo ya no les era necesaria.
Me aparté el cabello rubio del rostro, aún lo tenía demasiado corto y algunos mechones se escapaban de mi intento de recogido.
—Buenos días, Cassandra —saludé con alegría.
Era una clienta habitual, con la que había entablado más de una conversación agradable sobre el tiempo o el café.
—¿Lo de siempre?
Ella asintió con la sonrisa serena que siempre le decoraba el rostro.
Su cabello era negro pero canoso, recogido en un moño alto y desordenado, tan casual como su forma de vestir, iba en silla de ruedas debido a que había perdido las piernas de joven en un trágico accidente, según me contó en una de nuestras conversaciones.
—Aquí tiene, zumo de naranja natural y tostadas.
—Gracias, Elena.
—De nada —sonreí y seguí con mi trabajo, por desgracia hoy había demasiados clientes como para darme el lujo de conversar.
Al cabo de un rato Cassandra se acercó a la barra, y tras pagar la cuenta y dedicarnos un par de palabras de despedida me entregó un sobre cerrado.
—Échale un ojo cuando tengas algo de tiempo, creo que podría interesarte —comentó antes de seguir su camino hacia la salida.
Sentí el enorme e inevitable impulso de abrirlo ahí mismo, pero la clientela era tal que tuve que guardarlo en mi bolso.
Conforme entré por la puerta de mi casa me dirigí hacia mi ordenador, estaba desempleada y necesitaba encontrar trabajo urgente.
Tras una severa búsqueda de empleo y enviar currículums a diferentes locales decidí tomarme un descanso, mientras picoteaba algunas galletas recordé el sobre misterioso que me había dado Cassandra en la cafetería, y decidí abrirlo.
Mis ojos verdes se abrieron de par en par y no pude evitar soltar el grito de emoción que me subió a toda velocidad por la garganta.
Esa mujer amable y serena se había enterado de que se terminaba mi contrato y me había propuesto trabajar para ella.
La carta estaba escrita a mano, con una letra pulcra y elegante y una ortografía espléndida.
Llamó mi atención de inmediato, me ofrecía una buena cantidad de dinero a cambio de dar clases a su hijo de seis años.
Me pareció extraño que una mujer tan mayor tuviera un hijo pequeño, pero esa duda quedó resuelta en un párrafo que me dejó con mil dudas más.
“Mis hijos son adoptados, son personas peculiares que han sido rechazadas por ello; se que eres una buena chica, pero para aceptar este trabajo tienes que tener una mente abierta y no dejarte llevar por las primeras impresiones”.
Imaginé que sus hijos tendrían algún tipo de diversidad funcional, pero eso no suponía un problema para mí, me había criado en casa con un hermano con síndrome de down, quien me había enseñado que cada persona es única y maravillosa a su manera.
La carta incluía un día, una hora y una dirección, me gustaría decir que pensé seriamente sobre los pros y contras de la oferta, pero lo cierto es que la curiosidad que sentía por conocer a esa familia era demasiado grande.
Los dos días siguientes los dediqué a preparar material de educación, ejercicios útiles y divertidos con los que el pequeño pudiese aprender y pasárselo bien, en la carta no especificaba demasiado, solo que su hijo, que se llamaba Jake, sabía leer bastante bien y escribía más o menos.
En cuanto sonó el despertador del día acordado salté de la cama emocionada por esa nueva aventura.
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