Escena
Sabía que mi deber era informar enseguida al jefe, pero mi instinto me decía que si León se enteraba me negaría el permiso y esta oportunidad se desperdiciaría. Así que decidí hacer un informe corto, indicando que no había logrado obtener ningún tipo de información útil, con eso sería suficiente por ahora. Tenía una semana de descanso obligatorio después de cada misión, por mínima que fuera, cuando pasara ese tiempo ya pensaría qué hacer.
Acudí al sitio diez minutos antes de la hora indicada, y Elyan ya estaba allí esperándome.
—Por cierto, me llamo Madison —imité el tono coqueto y el guiño que él había usado el día anterior.
Eso provocó que las comisuras de sus labios se elevasen sutilmente y me invitara a entrar en el coche que allí nos esperaba con una reverencia tonta. Subió mi maleta en el maletero antes de sentarse a mi lado en el asiento de detrás, por lo visto, un chofer algo anciano sería quien nos llevase hasta nuestro destino.
El viaje duró varias horas, no sé en qué momento se me ocurrió, pero puse su mano en mi pierna y él comenzó a acariciarme con movimientos lentos. Una persona distraída en tus piernas difícilmente se fija en tus manos, coloqué un rastreador en el coche, saber los recorridos del vehículo de la empresa ayudaría a conocer la empresa.
Bajamos del vehículo al llegar a lo que parecía un hotel a las afueras de la ciudad, me guió por la puerta principal y varios pasillos con muchas habitaciones y poca iluminación, hasta una sala grande con un escritorio pulcramente ordenado, y detrás de él, sentado en una silla, el que supuse que era el jefe de la "Cherni angeli".
El hombre me miró y luego miró al chico.
—Elyan, explícate —ordenó con voz firme.
—Ayer tuve el placer de conocer a Madison, esta chica es impresionantemente buena deduciendo y observando, creo que sería un buen fichaje —explicó conciso.
—Vamos a ver, Madison, ¿cuántos años tengo? Si no lo puedes deducir, ya puedes irte —dijo el hombre sin un atisbo de duda o curiosidad.
Fingí pensarlo, aunque en verdad no tenía dudas. Me planteé qué hubiese pasado si en verdad fuese quien fingía ser, una chica normal en busca de trabajo, supuse que directamente no habría subido al coche de un desconocido, o eso espero.
—72 —no titubeé.
Elyan me miró, sus ojos miel cargados de asombro.
—Correcto —exclamó el jefe, en su voz acababa de aparecer un pequeño deje de curiosidad.
Me alegré de haber estudiado toda la información que teníamos sobre la “Cherni angeli”, durante varias noches seguidas. Según lo que sabíamos, quien tenía delante era conocido por el sobrenombre de Yahveh, dios en hebreo, un poco ególatra para mi gusto, era quien manejaba los hilos y un antiguo miembro de “Los ángeles pioneros” una renombrada empresa de biotecnología que había desaparecido sin dejar rastro.
—Muy bien, ¿tienes conocimientos de anatomía animal? —la pregunta me sacó de mi repaso mental.
Su voz había cambiado drásticamente, ahora sonaba interesado, incluso con un deje desesperado.
—Si señor, mi padre es veterinario y siempre está enseñándome cosas y casos de su trabajo, además le he ayudado algunas veces en su clínica —contesté, en realidad sólo sabía lo básico sobre anatomía animal, y por supuesto que mi padre no era veterinario, lo más parecido a un padre que tenía era León, y era el jefe de una organización de investigadores secretos que trabajaban para el gobierno, vaya, yo era una de ellos.
—¿Podrías decirnos de qué animal son unos huesos?
—Creo que sí.
La verdad era que, probablemente, tuviese que marcarme un buen triple, pero por intentarlo no pasaba nada.
—Chico, llévala a la sala 2 —ordenó dirigiéndose a Elyan.
Me acompañó hasta una habitación diferente, era una especie de laboratorio, encima de una mesa metálica descansaban unos pequeños huesos. Me acerqué, y al instante me di cuenta de que no tenía que jugármela, era imposible que me equivocara, a pesar de estar algo rotos, esos huesos eran de un ser humano, estaba segura, los había visto demasiadas veces en muchos de mis trabajos, mostré un genuino desconcierto.
—¿Sabes de qué animal son? —preguntó el jefe impaciente, acababa de entrar a la sala, tenía un aspecto impecable con su cabello canoso peinado para atrás.
—Si… —dije, no muy segura, aquello me había pillado de improvisto.
—¿Y bien?
—Son falanges de una mano humana, probablemente de un adulto —contesté con cuidado.
La consternación del hombre se hizo visible en su rostro, que en ese momento pareció envejecer diez años.
—Elyan, acompaña a la señorita Madison a alguna habitación vacía, ese será su nuevo dormitorio, si a ella le parece bien, por supuesto —su tono de voz sonaba tan cansado que ni siquiera parecía una orden.
Yo asentí y el chico, serio y con la sombra de la tristeza en sus ojos, me tomó de la mano para guiarme hasta un precioso cuarto minimalista, una vez allí, cerró la puerta.
—Entonces... ¿Estoy contratada? —pregunté fingiendo inocencia, mis ojos ya habían escaneado la cama doble, el escritorio en la esquina y el gran armario en la otra.
Asintió y con un movimiento rápido me acorraló contra la pared, la pesadumbre en sus ojos miel sustituida por hambre y deseo. Bajó la mano y la metió por debajo de mi falda, acariciandome la pierna.
—No sé si deberíamos —dije para que no se notase que era lo único que quería, la mayoría de personas eran más habladoras después del sexo.
—Llevo toda la tarde deseando tenerte debajo de mi, y si tú quieres lo mismo… —susurró ronco en mi oído, no lo iba negar, el chico era condenadamente sexi.
—Es mi primera vez —mentí.
No era una experta, pero había tenido mis momentos.
—Seré gentil.
Me acarició la mejilla con cariño, lo que me sorprendió. Todo iba bien, nos besamos, Elyan acarició mis pechos por encima de la ropa, me tumbó en la cama, se metió entre mis piernas y apagó la luz, apago la maldita luz, así que no pude disfrutar de las vistas, aunque sí de todo lo demás, y anda si lo disfruté, sus hermosos suspiros y jadeos, y su sexi voz, sus manos dulces y experimentadas y su generoso… ya me entendéis.
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