Escena
Una semana antes
Alguien
Cenar en el comedor era insoportable. Miles de sonidos combinados con mi dolor de cabeza eran suficientes para robarme por completo el apetito. Incluso desde la mesa más alejada del centro de la sala, el estruendo de cubiertos, risas y conversaciones era tal que opacaba mis pensamientos.
—Alumnos y alumnas del internado de magia Haleril, tengo un anuncio importante que comunicar —una voz fuerte y femenina resonó por toda la estancia, provocando que alumnos y profesores guardaran silencio—. Solo robaré unos segundos de su tiempo.
La emisora de aquellas palabras había sido una pelirroja que ya parecía ir en pijama, estaba descalza, subida encima de una de las mesas del centro de la estancia. Todos sus compañeros la miraban impresionados, ya fuese por el valor o la estupidez que poseía la chica.
—Señorita Firesun, bájese ahora mismo de ahí, ¿no ve que estamos cenando? —la profesora de historia la regañó con ademán serio mientras avanzaba entre las mesas en su dirección.
El apellido de la chica impertinente me dijo todo lo que debía saber sobre ella: era una portadora de fuego, aquellos que habían nacido con el poder puro de crear y manejar las llamas a su antojo, magos poderosos e idolatrados que pensaban que eran mejores que los demás por poder quemar cosas.
—Espere un momento, profesora Deadmemory, debo hacer una declaración de amor, no soporto retener más estos sentimientos en mí —su voz y sus ojos color ámbar proyectaban tanta intensidad que la mujer no pudo más que guardar silencio, también curiosa por quién sería el receptor de las siguientes palabras de amor.
—¿A quién irá a declararse Adara? —susurró uno de los chicos cercanos.
Era increíble la cantidad de idiotas que podían coexistir en un mismo espacio.
—Yo, Adara Firesun, portadora de fuego, le declaro mi amor incondicional y eterno a la increíble, fantástica y alucinante salsa de chile.
Un silencio momentáneo cayó sobre el comedor, mientras las personas analizaban la situación y comprendían que Adara Firesun no se había declarado públicamente a nadie.
Las carcajadas de sus amigos resonaron por toda la estancia, acompañadas de las de otros alumnos, divertidos por semejante muestra de poca vergüenza. No entendía por qué les parecía tan gracioso interrumpir la cena para decir semejante estupidez.
Un recuerdo que debería haber olvidado despertó y salió a flote a una velocidad abrumadora, causando que empeorase la presión en mis sienes.
Odiaba a las personas como ellos.
Sentía que me iba a desmayar, así que dejando mi cena prácticamente intacta salí cabizbaja del comedor.
—Malditos sean.
Otra ráfaga de recuerdos me hizo sentar en las escaleras que daban al jardín. Traté de controlar mi respiración, manteniendo a raya todo lo que había sido antes, entendiendo que las personas como yo no tienen espacio en el mundo de gente como ellos.
Una declaración de amor, risas, dolor.
Mis hombros temblaban al compás de los ridículos sollozos que intentaba evitar en vano. La más estúpida era yo, por dejar que algo tan nimio me volviese a convertir en esa niña que odiaba la soledad.
No podía más, no lo soportaría más; escondí la cabeza entre mis manos mientras una idea se abría paso a la fuerza entre todo lo demás, empujando al fondo cualquier recuerdo de una yo pasada.
Algo tan simple como la venganza, sabía que era lo único que me permitiría pasar página, la única forma de poder empezar de cero. Por una vez yo sería la que tendría el control de la situación, estaba demasiado cansada de dejarme llevar por caminos que no quería recorrer, harta de ser invisible y vivir de sueños imposibles, fantaseando con algún día ser vista o ser la primera opción de alguien. Haría que las estrellas más brillantes se ahogaran en su propia oscuridad, esa que trataban de ocultar al mundo a toda costa.
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